Gabriel Rufián ha vuelto a escena en Madrid con una propuesta que destila más cálculo electoral que principios ideológicos. En una sala Galileo Galilei desbordada, el portavoz de ERC ha lanzado un órdago a las múltiples siglas que orbitan a la izquierda del PSOE. Su plan es claro: un frente común que elimine la competencia interna para maximizar escaños.
El líder republicano aboga por un reparto estratégico de las provincias españolas entre las formaciones nacionalistas y la extrema izquierda. Según su visión, presentarse por separado es un suicidio electoral frente al avance de la derecha. Rufián pretende que el votante no tenga que elegir, sino que se le entregue una opción única y precocinada desde los despachos.
Resulta llamativo que quien presume de pureza democrática pida ahora «orden y método» para limitar la oferta política. El portavoz de ERC busca que catorce formaciones distintas se coordinen bajo un grupo interparlamentario común en el Congreso. Es, en esencia, un intento de colectivizar el voto para asegurar la supervivencia de un bloque que se siente amenazado.
La ausencia de Oriol Junqueras y de la plana mayor de su partido en el acto no ha pasado desapercibida. Rufián parece actuar por libre en la capital, buscando aliados entre los restos de un espacio político fragmentado y en horas bajas. Mientras sus compañeros de filas guardan silencio, él se erige como el arquitecto de una nueva ingeniería electoral.
Su discurso contra la «pureza» de las izquierdas es un dardo directo a quienes se resisten a diluir sus siglas. Para el político catalán, ganar a Vox justifica cualquier renuncia a la identidad propia de los partidos. Es el pragmatismo llevado al extremo, donde el fin de conservar el poder justifica el medio de amordazar la diversidad de programas.
El plan de Rufián implica decidir desde arriba quién se presenta en Gerona, Sevilla o La Coruña. Este reparto territorial de cuotas recuerda a las viejas prácticas de la política de bloques, lejos de la frescura que predican. Se trata de una estrategia de supervivencia puramente aritmética que ignora las particularidades de cada territorio y de cada votante.
La propuesta de un «frente común» busca blindar la influencia del nacionalismo en la gobernabilidad del Estado. Al coordinar los votos de las izquierdas periféricas y radicales, Rufián pretende condicionar cualquier futuro Ejecutivo. Es una maniobra de distracción para ocultar el desgaste de un modelo que depende excesivamente de la confrontación con la derecha.
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