Pulsión autodestructiva

Acaba de publicarse un libro sobre el que quiero alertar a los lectores: “1492, España contra sus fantasmas”, obra de Pedro Insua, uno de los pensadores más activos y estimulantes del panorama actual. Es quizás el libro más riguroso escrito hasta el momento en contra de los mitos negativos de la leyenda negra, hoy reactivados gracias a los nacionalismos separatistas, pero también al resurgir de atávicos prejuicios antiespañoles extendidos por toda Europa.

Son muchas las sugerencias que este libro imprescindible despierta, pero hoy me voy a centrar sólo en una, que formulo como pregunta: ¿existe algo así como una pulsión autodestructiva en la “estructura psíquica” de los españoles?

Comprendo que, así formulada la hipótesis, puede conducir a despeñar la reflexión sobre esencias metafísicas o entelequias espirituales de imposible concreción. Por eso empiezo por lo más obvio: parece un hecho histórico recurrente que España como nación, y los españoles como colectividad, han tenido que luchar, más que contra elementos externos, contra sus propios impulsos autodestructivos.

Los elementos críticos internos desembocan con frecuencia en factores disgregadores y hasta desgarradores. Podríamos decir que tendemos a ser hipercríticos respecto a lo propio y condescendientes con lo ajeno.

Traigo a discusión esta hipótesis para entender mejor los efectos perversos de la leyenda negra, y el por qué ha encontrado entre nosotros tanta aceptación acrítica, casi rayana en la credulidad y el papanatismo.

¿Podemos relacionar esta pulsión colectiva autodestructiva con lo que Freud llamó “instinto de muerte”, enfrentando Tánatos a Eros? ¿O es simplemente el efecto de unas minorías inconformistas, a veces rencorosas, que han tenido una gran influencia en la “opinión pública”, desde el libelo de Las Casas a los Goytisolos de hoy? Y: ¿hasta qué punto se trata sólo de un fenómeno externo, sostenido por factores ambientales, o tiene también un arraigo o fundamento en eso tan difícil de analizar, a lo que Freud llamó “estructura psíquica”, en la que lo psíquico ya no es algo puramente subjetivo e individual?

Que hoy vivimos uno de los momentos más exacerbados de esa pulsión autodestructiva es algo que podemos compartir una mayoría de españoles, preocupados por la deriva incontrolada de los actuales acontecimientos. Esta reflexión tiene, por tanto, pleno sentido, ya que nace de la necesidad de comprender, no sólo lo que está pasando, sino qué nos está pasando.

Yo tengo cierta explicación, que requeriría un espacio mucho más amplio que éste para desarrollarla, pero que aquí me atrevo a esbozar: los españoles estamos “fascinados” por el otro, orientados mental y psíquicamente hacia el otro, tanto que es inevitable convertir al otro-los otros en la fuente de todos los conflictos. Paradójicamente, esta apertura hacia el otro, a veces sin reservas, provoca la reacción contraria, el afianzamiento en uno mismo, la confianza exagerada en uno mismo, el mal llamado individualismo.

Hablamos muchas veces de cainismo y guerracivilismo, un fantasma que hoy resurge y despierta cierto fatalismo antropológico. Hay que analizarlo para comprenderlo y así contrarrestar con mayor éxito todo lo que este fatalismo arrastra.

La tendencia a sobrecargar emocionalmente las discusiones, a personalizar y argumentar ad hominem, a crear sectas en lugar de partidos, a partir internamente a los propios partidos, es algo que hoy se refleja en la tendencia disgregadora y autodestructiva de todo lo común, que amenaza nuestra propia existencia como comunidad política.

Pero también es cierto que, paralelamente a esta pulsión autodestructiva, existe un gran impulso creativo, individual y colectivo, que nos da confianza en nuestras propias fuerzas regeneradoras, en nuestra capacidad para organizarnos colectivamente y vencer todas las dificultades, en desactivar el efecto paralizante de nuestros fantasmas.
Fantasmas que, y aquí introduzco yo un matiz, no sólo son creados e inducidos por los de fuera, sino por nosotros mismos, porque nacen de nuestros miedos y hasta de nuestra impulsividad vital, de nuestra gran capacidad creadora, que desborda a veces lo humanamente reconocido como tal.

Los ejemplos históricos están ahí, y todavía hoy despiertan en nosotros cierta perplejidad y asombro. No hace falta recurrir a ninguna hipótesis genética ni racial, basta con constatar que revelan aspectos de la naturaleza humana que, fruto de específicas condiciones históricas y geográficas, los españoles hemos sido capaces de hacer realidad.

Confiemos en que, una vez más, de nuestro fondo de reservas energéticas surja ese impulso vital capaz de vencer esa insidiosa pulsión autodestructiva, la que hoy parece arrastrarnos y envolvernos en una oscura pesadilla.


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