En los últimos meses, varios dirigentes de Junts per Catalunya han intentado sin éxito mover al partido hacia posiciones más realistas y dialogantes. Sin embargo, Carles Puigdemont, desde su exilio dorado en Bruselas, ha impuesto su autoridad sobre el partido para bloquear cualquier atisbo de cambio estratégico. Su único interés es mantener su ficción como ‘presidente auténtico’ de Cataluña.
El expresidente, convertido en una figura casi intocable para la militancia más radical, ha dinamitado desde fuera cualquier opción de cambio para volver al ‘peix al cove’ pujolista, y se mantiene entre un pragmatismo de bajo nivel y con altibajos y un radicalismo que le aleja de la centralidad del separatismo, espacio que está ocupando el PSC de Salvador Illa.
Las voces que abogan por una aproximación al centro político y por una colaboración más fluida con el Estado han sido sistemáticamente desautorizadas. Figuras como Jordi Turull o incluso miembros de la dirección parlamentaria catalana han tanteado fórmulas para modernizar el discurso de Junts, acercarlo a la gestión y dejar atrás el monotema de la independencia unilateral. Pero Puigdemont no ha cedido ni un milímetro en su obsesión por el enfrentamiento mientras no se arregle su situación personal con la Justicia.
El resultado es un partido encallado, sin rumbo propio, que depende en exceso de las decisiones de un hombre en busca y captura por la justicia. Las decisiones de calado, incluidas las votaciones clave en el Congreso de los Diputados, no se toman en Barcelona, sino en Waterloo. Esta dinámica ha generado tensiones internas, pero ninguna voz crítica se ha atrevido a plantar cara públicamente a la figura del líder huido.
Los pactos con el PSOE y las negociaciones sobre financiación autonómica han demostrado que Puigdemont sigue marcando la línea roja. Siempre que hay una ventana para el pragmatismo, él aparece para cerrarla, temeroso de que su papel como mártir político se diluya si el partido se normaliza.
La sociedad catalana ha evolucionado, con una ciudadanía cansada del enfrentamiento permanente. Mientras Esquerra Republicana intenta recomponer su espacio desde una visión más institucional, Junts se aferra a la retórica rupturista, perdiendo así apoyo en sectores moderados que se están pasando en masa al PSC. Mientras que los más radicalizados, espantados por los pactos con el PSOE, giran su mirada hacia Silvia Orriols, la líder del partido hispanófobo Aliança Catalana.
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