¿Por qué el separatismo está obsesionado con Murcia?

A principios de verano, uno de los periodistas estelares de TV3, Toni Soler, publicó en Twitter una opinión que fue calificada por muchos de “supremacista”. Tras afirmar Inés Arrimadas en una entrevista que “si fuera por Ciudadanos, el 155 no se hubiera levantado”, Soler comentó que “si fuese por Ciudadanos, Cataluña sería Murcia”. Para terminar de incendiar las redes, la ex presidenta del Parlament Núria de Gispert precisó en otro tuit: “Toni, para Ciudadanos, Cataluña sería Murcia o Cádiz”. Conviene mencionar que, meses antes, De Gispert ya había conminado a la líder de la oposición a “volverse a Cádiz” si no le agradaba Cataluña.

Al margen del supremacismo que puedan encerrar estas declaraciones—que se produjeron poco después del revuelo ocasionado por las decenas de artículos xenófobos escritos por Quim Torra—, llama la atención que Soler se refiera en concreto a la región de Murcia.

Y es que no es la primera vez que el separatismo toma esta comunidad como ejemplo de región a la que Cataluña no debe parecerse. En este sentido, el periodista Jaume Barberà, que figuró en la lista de los comuns del 21-D y aboga firmemente por la secesión, defendió hace un par de años que “si Cataluña no ha sido asimilada todavía es porque tiene la lengua y la voluntad de ser”. “Si le quitas la lengua y la voluntad de ser”, alertó, “nosotros seríamos Murcia; no seríamos nada más que Murcia”.

En la misma línea, Oriol Pujol denunció en 2010 que el tripartito comandado por el socialista José Montilla pretendía subir a los catalanes al “carro de la españolidad” y “convertir Cataluña en una gran Murcia”, si bien aclaró que sentía un enorme respeto por el pueblo murciano.

Por su parte, el portavoz en el Congreso de la extinta Izquierda Plural —coalición que aglutinaba izquierdistas, ecologistas y nacionalistas— se expresó en 2012 en términos parecidos a los del hijo de Pujol. En una alocución parlamentaria, recordó que Cataluña aspiraba a ser una nación y, por tanto, no podía acogerse a un rescate autonómico como si fuera Murcia.

Dada la frecuencia con que el separatismo ha escogido el territorio murciano como paradigma de lo indeseable, habrá quién se pregunte por la causa de tal obsesión. Para algunos analistas, su origen tiene lugar en la llegada masiva de murcianos a Cataluña en la década de los 30. Dicha población, que acudió a trabajar principalmente en la construcción del metro de Barcelona, despertó una gran animadversión en el movimiento catalanista.

La extracción humilde y la tosquedad de los recién llegados no era vista con buenos ojos por los catalanistas, cuya ideología se cimentó en gran medida sobre la superioridad de la raza catalana. Recordemos, si no, el manifiesto Per la conservació de la raça catalana (1934), respaldado por la plana mayor de sus intelectuales.

Según Antonio Robles, exdiputado de Ciudadanos y autor de Extranjeros en su país (1992), aquellas circunstancias explican que los “murcianos hayan conservado ante ciertos catalanes la vitola de inmigrantes sin recursos”. “Es un desprecio”, sostiene, “que permanece instalado en el inconsciente del nacionalismo catalán”.

En cualquier caso, Robles cree que tildar de “supremacista” un exabrupto como el de Toni Soler es incurrir en un eufemismo: “El término supremacismo, ahora tan en boga, solo es una manera elegante y menos agresiva de referirse al racismo cultural”. “Y esta xenofobia”, concluye, “fomentada por el nacionalismo desde los 80, es en gran parte responsable de lo que ocurre hoy en Cataluña”.

Por Óscar Benítez


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