Dice una leyenda urbana que existen 5 formaciones políticas catalanas que deberían encuadrarse en lo que se ha denominado bloque constitucionalista. Lo que no dice esa leyenda es que ello no es del todo cierto, porque el voto constitucionalista debería basarse en votar a un partido claramente enfrentado al separatismo y que defienda la unidad de España y los derechos de los españoles en todo el territorio. Por tanto, en mi modesto entender, deberíamos excluir al Partido socialista de Sánchez e Illa y a los Comuns de Colau y Albiach dado que no defienden los derechos de los españoles en territorio catalán, concretamente.
No es posible estar en misa y repicar las campanas a la vez, me decía el sacristán de mi parroquia en mi época de escolanet (monaguillo). De hecho, si queríamos tocar las campanas (entonces no había más automatismo que cuerdas y brazos) no quedaba otra que subir un montón de escaleras de caracol, ejercitar músculo y castigarnos los tímpanos. A los socialistas catalanes les pasa como a mí cuando subía al campanario y empezaban a sonar las campanas: sufren de problemas de audición y sordera. Es decir, que les entra por un oído y les sale por el otro todo lo que les digamos los que seguimos pensando que la España del “espíritu del 78” nos ha proporcionado la etapa más maravillosa de concordia y progreso de la historia de nuestro país. Y eso debería ser intocable e innegociable. Así pensaban entonces los dirigentes socialistas.
Claro, todo eso fue antes que Sánchez presentara una moción de censura, se erigiera en presidente del país, y en la actual legislatura necesitara el apoyo de toda la cámara, menos de PP y Vox, para ser investido. Especialmente necesario se ha convertido el apoyo de los cachorros de Puigdemont que están vendiendo sus 7 votos a precio de oro y de concesión vitalicia especial. Los de ERC, que otra cosa no pero lo de mimetizar lo hacen de maravilla, también se han apuntado al carro de extorsionador de socialistas en Madrid con sus otros 7 diputados y le está haciendo “la pinza perfecta” al endiosado enamorado y egoísta presidente Sánchez.
¿Qué supone esto? Pues que el votante de toda la vida del Psoe/Psc y de los comunistas de Comuns está regalando un voto que sirve para comerciar, minuto a minuto, con el separatismo a cambio de hacer más daño a España. De ahí que debamos sacar de la ecuación constitucionalista a esos dos partidos que, por si lo habían olvidado, les recordamos que son los que gobiernan España en coalición. Por tanto, sólo nos quedan 3 partidos constitucionalistas. Hablaré de ellos en el orden de mayor a menor representación en el Parlament catalán actual.
Vox, con 11 diputados, consiguió en el 2021 dar la sorpresa en Cataluña recogiendo el voto de castigo a los populares por los múltiples casos de corrupción política y escasa definición sobre el proyecto de Cataluña y gracias a un discurso contundente en el que se enfrentaba, de cara, al nacionalismo secesionista. Desde entonces los hombres y mujeres de Vox han conseguido atemperar su discurso (no su fondo), relacionarse con el ciudadano e identificarse como más próximo, sin duda ayudados por los 124 concejales conseguidos en las pasadas municipales de hace un año. La seguridad, la inmigración, la estabilidad laboral y empresarial y, sobre todo, la unidad de España y la defensa la lengua común son sus señas de identidad. Y lo dicen a diario, sin tibieza ni ambages, gracias a la voz de su carismático líder, el catalán Ignacio Garriga.
Ciudadanos fue el partido de la esperanza. El partido de la gente joven y teóricamente preparada que, surgiendo desde Cataluña, quería romper con la historia monolítica de los Psoe y Pp y situarse en el fiel de la balanza ideológica, erigiéndose como valedores de una clara política contra los independentistas. Lo consiguieron y recibieron el apoyo de uno de cada cuatro catalanes en las autonómicas del 2017, siendo la fuerza más votada.
Pero no optaron a la presidencia de la Generalitat por miedo al lógico fracaso más las dudas de los socialistas (para variar). Allí empezó el declive, la fuga hacia Madrid de Arrimadas y la caída en picado de C,s al no ser capaces de defender aquello por lo que se les votó. En fin, su candidato Carrizosa sigue “en la lucha” pero parece que poco crédito va a recoger porque se les ha pasado el momento. Es más, en ninguna encuesta sacan escaño. Una auténtica lástima pues C,s deja libre el espacio de centro y huérfanos a muchos votantes que van a engrosar la lista de abstenciones por falta de referencia política centrista.
Por último, en el bloque constitucionalista queda el PP. Viene desde los tres diputados del 2021 sacados casi rozando el poste. El castigo fue monumental. Sólo tenía como base para su supervivencia a su líder catalán: Alejandro Fernández. Y, gracias a él, la idea del PP catalán sobrevive porque en Génova siguen sin saber cómo “atacar” al electorado conservador catalán. Fernández, Alejandro (no confundir con otras familias del mismo apellido pepero catalán) es probablemente el mejor orador en la cámara parlamentaria catalana. Temido y respetado por propios y rivales.
Su discurso es contundente ante los secesionistas, los socialistas y los comunistas. Un hombre que va a hacer crecer los votos del PP de forma importante y del que sólo dudan los “compañeros” que quieren su silla y los eternamente indecisos de la central pepera de Madrid. Tiene los puntos cardinales ideológicos claros y basa su programa en la estimulación económica y de empleo, soluciones a la sequía, revisión de la política de subvenciones a “amigos”, etc.…, así como en la frontalidad ante el independentismo y las soluciones unilaterales concedidas por el socialismo de Sánchez e Illa, a los que considera tan independentistas como Junts o ERC.
Dicen las encuestas que el bloque constitucionalista formado por estos tres partidos va a crecer algo y van a pasar de 20 diputados a los 24, más o menos, lo que nos obliga a rezar por no influir en la gobernabilidad.
Hablar de pactos para formar gobierno ahora mismo es toda una quimera a estas alturas de la campaña electoral y más cuando nadie quiere dar su brazo a torcer ni perder cuota de poder (recordemos que el poder se mide por el número de colocados con sueldos de tres pares de narices). Todo apunta a que la ingobernabilidad va a ser tal que es más probable una segunda vuelta electoral que un pacto, dados los múltiples escenarios que se pueden abrir. Y no nos olvidemos que a Puigdemont le gustaría repetir elecciones para poder realizar una campaña electoral, como él dice, “pisando territorio”, tras la aplicación de la amnistía.
De eso y de las cábalas aritméticas disertaremos en el artículo de la próxima semana, en el ocaso de la campaña. Cuando ya hayan arrojado nuestros políticos todos los platos en cabezas rivales y se acabe el paripé electoral de los que parecen estar hoy muy disgustados, pero a la vez están limpiando el ajuar para la próxima boda.
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