El Ayuntamiento de Barcelona ha anunciado una beca de 80.000 euros para que autores latinoamericanos vengan a residir tres meses en la ciudad y escriban una obra inspirada en ella. Una iniciativa cultural potente, internacionalista y perfectamente lógica para una capital mediterránea que presume de ser abierta al mundo.
Pues bien, ha bastado el anuncio para que Junts y otros sectores nacionalistas exigieran retirarla de inmediato. ¿El motivo? Que no está dirigida específicamente a escritores en catalán y que, por tanto, “pone en riesgo” la literatura del país. Dicho de otro modo: la beca es sospechosa porque las voces que pueden venir a narrar Barcelona no encajan en el molde identitario de la Cataluña oficial.
El debate no va de literatura. Va de control cultural. La reacción de Junts tiene un aroma conocido. Ese empeño en decidir quién puede contar Barcelona y quién no es exactamente el mismo que lleva décadas negando la condición de escritores catalanes a autores como Juan Marsé, Eduardo Mendoza o Vázquez Montalbán. El mismo que invisibiliza a la Cataluña plural y bilingüe que vive en nuestras calles.
Y basta pensar en Eduardo Mendoza para entender lo que está en juego. Pocos autores han hecho tanto por proyectar Barcelona al mundo como él: desde La ciudad de los prodigios hasta las divertidas y delirantes Sin noticias de Gurb, Mendoza convirtió nuestras calles, nuestros barrios y nuestra manera de vivir en un escenario literario universal. Barcelona es un personaje más en su obra.
Y aun así, jamás ha sido un invitado habitual en festivales, ferias o muestras de “literatura catalana”. No por falta de calidad, sino porque escribe en castellano. Porque no encaja en la vitrina de la Cataluña oficial. Si ni siquiera reconocen a Mendoza, ¿cómo no va a molestar que llegue un escritor latinoamericano a narrar Barcelona con libertad?
Lo que molesta de esta beca no es el presupuesto, sino la idea de que Barcelona pueda ser descrita desde otra mirada sin pedir permiso a la identidad oficial. Y ahí está la clave: hay quien cree que la cultura debe proteger una esencia, no explorar la diversidad real del país. Es una forma muy suave, y muy moderna, de censura. No hace falta quemar libros en la plaza del pueblo para decidir qué voces sobran; basta con negarles apoyo institucional.
Lo irónico del caso es que Barcelona lleva décadas siendo casa, faro y motor cultural para cientos de miles de latinoamericanos. No hace falta inventar puentes: ya existen. Los vemos cada Día de la Hispanidad, cuando centenares de bailarines recorren Passeig de Gràcia llenando la ciudad de color. Una rúa alegre, comunitaria, emocionante… que, curiosamente, rara vez aparece en TV3.
No es casualidad. A algunos sectores les incomoda mostrar una Cataluña que celebra, que baila caporales, que mezcla banderas sin dramas y que se reconoce parte de una comunidad de más de quinientos millones de hispanohablantes. Una Cataluña que existe pero que no cabe en el relato monocromático de la Cataluña oficial.
Los sectores que proponen retirar la beca aseguran defender al catalán. Pero la cultura catalana nunca ha sido más fuerte que cuando ha dialogado con el mundo, no cuando ha intentado protegerse de él.
La literatura catalana sobrevivió y brilló porque supo mezclarse, influirse, absorber y ser absorbida. Si algo la amenaza no es la llegada de tres escritores latinoamericanos, sino el empobrecimiento cultural que genera convertir la identidad en un corsé. Una cultura que solo se reconoce en el espejo deja de ser cultura para convertirse en decorado.
Si esta ciudad quiere proyectarse como capital cultural, no puede hacerlo con miedo a las miradas que no controla. Barcelona no es un museo nacionalista ni una vitrina monolingüe: es una ciudad viva, mezclada, global, contradictoria y fascinante. Permitir que escritores latinoamericanos la narren no es una amenaza. Es un lujo y un reconocimiento de lo que Barcelona ya es.
En cualquier caso, hay algo conmovedor en este miedo exagerado. Junts actúa como si los escritores latinoamericanos fuesen agentes secretos enviados para derrocar la esencia catalana mediante metáforas subversivas. Amores, no sufráis, de verdad: vienen a escribir, no a reorganizar el Institut d’Estudis Catalans. Si tres escritores os ponen nerviosos, tal vez no es que peligre Cataluña, sino que lo que peligra es vuestra versión reducida de ella.
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