Han pasado solo unos pocos días desde que la selección de futbol española, se proclamara campeona de Europa en el estadio Olímpico de Berlín. Atrás queda el ninguneo de la UEFA, hasta ocho selecciones nacionales salían en el cartel inaugural de la competición: Croacia, Alemania, Inglaterra, Francia, Bélgica…, pero no España. Tampoco los jugadores españoles seleccionados aparecían, como si fueran indignos de mostrarse al lado de los Bellinghan, Modric, Mbappé o Van Dijk, auténticos iconos del gran negocio mediático del futbol europeo.
Decía Winston Churchill que “a menudo me he tenido que comer mis propias palabras, pero he de confesar que es una dieta de lo más saludable”. Y a esa dieta equilibrada y saludable, es a la que España sometió durante un mes a nuestros simpáticos, amables y orgullosos vecinos y como no, a la propia UEFA.
Puñetazo encima de la mesa con la siempre complicada Croacia; baile a Italia (quien te ha visto y quien te ve), recordatorio a los valientes georgianos que las goleadas precedentes no eran una casualidad y luego una tras otra: Alemania, Francia e Inglaterra. No andan bien nuestros amigos. Alemania recogiendo firmas para repetir el partido por una posible mano de Cucurella en el área. No hace mucho eran unos caballeros.
Francia con unos buenos jugadores, que en vez de demostrar su valía en el campo se dedican como Mbappe o Koundé a ejercer de “influencer” político recomendando el voto de castigo a la Agrupación Nacional de la señora Le Pen. O el inefable Rabiot que cuando no habla su madre por él, dice necedades de hemeroteca
Inglaterra es otro caso, nunca ganó la Eurocopa, su único gran título a nivel de selección se remonta al año 1966 en que se adjudicó la Copa del Mundo, que precisamente organizaba. Un país que todavía vive pensando que es un Imperio y al que los hechos diarios se lo desmienten continuamente con o sin Brexit. Tiene buenos equipos gracias al dinero árabe, pero una selección de individualidades, que defiende como si no creyera en sí misma.
Y por encima, muy por encima de todo esto emerge la selección española, un grupo heterogéneo pero compacto, humilde y trabajador. Con dos franceses nacionalizados, un grupo de donostiarras y navarros, o unos chavales como Lamine y Nico que se han convertido en nuestro orgullo. Y en la sala de máquinas con discreción ´Luis de la Fuente, un hombre que ha sobrevivido a la politiquería y el desatino que todo lo impregna. Hombre de familia y oración, serio y capaz.
Y es a todos ellos que hay que darles las gracias, porque durante un mes nos hemos podido (casi) olvidar de los malos gobernantes, de la vulneración de las leyes, de la laminación del estado de derecho, del nepotismo y la corrupción familiar sea de esposa o hermano, de los delincuentes indultados en Cataluña o Andalucía, de los auto exilados de lujo y sus cruceros de amor, de las veladas amenazas a la disidencia sea política, judicial o periodística. Y también por los gritos que en algunas de nuestras ciudades hace tiempo no oíamos: “Viva España” con petardos, traca y alegría y con orgullo, con mucho orgullo.
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