Tiene todo el sentido del mundo… queremos separarnos de “l’Estat espanyol” pero aunque nos vayamos a ir, nos importa modificar lo que quede y dejar en él muchos recuerdos de nuestra desdichada presencia; mientras nos vamos y no nos vamos, queremos absorber una a una sus competencias pero, como somos tan listos y bondadosos, dejaremos un Estado que tenga altas competencias lingüísticas, una de ellas es la de que sus empresas de más de 250 empleados sepan atender en catalán estén donde estén -Cuenca, Almería o Tenerife-, por si un catalán llama a “Atención al Cliente” desde Cataluña, o desde el mismo Tenerife, y así se le ha ocurrido en ese momento solicitarlo.
O porque así habrá puestos de trabajo para catalanoparlantes en empresas de Badajoz, o mejor aún: en Vilanova i la Geltrú (teleoperando desde casa). Pero no estamos obsesionados con lenguas propias y extrañas, ¡qué va!; si lo oye así usted, sepa que eso no es más que catalanofobia, aunque se lo diga un catalanoparlante (que para eso somos nosotros los que damos los carnets de patriota y de botifler-traidor).
No crea usted que no somos coherentes… aquí no montamos ningún numerito cuando en una heladería nos atienden en castellano (español para los que gustan del término) en lugar de catalán. Que le digo que no, que no estamos obsesionados.
Y, sin obsesión ninguna, ya nos estamos haciendo con el censo de empresas españolas de más de 250 trabajadores para empezar a llamar exigiendo esto, bastará cualquier pregunta ingenua y las llamadas no serán compulsivas sino abnegadamente numerosas. Se harán virales los videos.
También queremos que el catalán sea oficial en Europa; de esta forma, el siguiente paso será exigir que las empresas lituanas o irlandesas de más de 250 trabajadores atiendan en catalán cuando se lo demandemos, sin importar que eventualmente podamos querer separarnos de Europa, que eso es lo de menos puesto que el derecho -que siempre nos asiste- sería aún mayor y comprensible.
El próximo requisito de Puigdemont a Sánchez, para aprobar con sus siete votos la nimiedad que sea en el Congreso, consistirá en eliminar totalmente la versión castellana (española para los que gustan del término) de la Constitución de 1978. Que sólo haya una versión en catalán y, obviamente, modifique a fondo lo que dice sobre lenguas oficiales y cooficiales, que ya está bien de menospreciarnos a diario (Patxi tiene razón en sus declaraciones). Pero irnos, nos iremos; volveremos a hacer lo que sea para irnos. Y tiene todo el sentido del mundo. Usted, que me conoce, pensará que todo esto es ironía, pero no le dé vueltas: es mera idiotez.
No obstante, antes de soltar la pluma anuncio que puede que próximamente haya más requisitos con origen en Waterloo, porque remitiré allí una idea genial que se me ha ocurrido a raíz del asunto de las banderas palestinas en escuelas de Madrid. (Para despolitizar las aulas, quitamos en su día ciertos retratos; ahora hay quienes quieren, lógicamente, reparar la despolitización colocando esas banderas ante las desinformadas miradas infantiles). La idea es que, cuando acabe lo de Gaza (genocidio para los que gustan del término, que yo no tengo manías) o incluso antes, aparezcan banderas esteladas en esas mismas aulas.
Seguro que siembran orgullo en las altas esferas, como lo siembra toda causa justa, y con el alborozo se estará más dispuesto a hacer nuevas concesiones al separatismo (siempre que sea, claro está, a costa de España -o de “este país”, para los que gustan del término-). Además, será bienvenida cualquier polémica que se genere con esto, ya que hay mucho polvo que esconder y no da la alfombra para tanto.
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