
Cada vez que usted, ciudadano que piensa que España es un Estado de derecho, va a un comercio y ve un lazo amarillo o una pancarta pidiendo «libertad» para los «presos políticos» le están diciendo a la cara que usted es poco más que una mierda pinchada en un palo, porque es un «carcelero» que defiende a una dictadura que «oprime» a lo que ellos llaman «pueblo catalán».
Cada cartelito de «els volem a casa» en un ayuntamiento, cada «free Junqueras» en un centro cívico o un ambulatorio, cada «llibertat presos polítics» en un colegio público busca transmitir que usted, ciudadano constitucionalista catalán, no es un «ciudadano de primera», sino un «colaboracionista».
De hecho, para ellos usted no es ni «catalán». Con suerte el que lo haya puesto querrá decirle que es usted un «español», con un tono despectivo, porque para ellos es poco más que un insulto. Y con mala suerte, de «fill de puta» en adelante.
Cada lazo en la solapa, cada pin amarillo en un bolso les otorga, según creen, patente de corso, porque tienen una legitimidad «democrática» que al resto de catalanes nos niegan. Llevamos años así, y por mucho que hablen de «diálogo», y de «distensión», el «lo volveremos a hacer» es su nuevo mantra. No piden perdón, ni reconocen errores.
Ellos hicieron lo correcto y solo la acción «represora» de las «fuerzas de ocupación» y de unos tribunales a los que comparan con los turcos, impidieron su «República democrática».

Los separatistas nos tienen tan poco respeto que solo buscan negociar «con Madrid», cuando el principal problema lo tienen con los millones de catalanes que nos sentimos españoles y que no queremos la secesión de Cataluña. Pero piensan que si el Gobierno de España traga con sus exigencias, ya lo tienen todo hecho.
Están tan convencidos que los catalanes no secesionistas somos infraseres que ni nos consideran. No es que nos desprecien, simplemente no existimos para ellos. Somos poco más que los «colonos» que «Madrid» tiene en «su país» y que si consiguen que «Madrid» conceda sus demandas, nosotros quedaremos anulados.
Por eso sigue habiendo multitud de bares, comercios, edificios públicos adornados con propaganda secesionista. Si ellos consideran que los catalanes no separatistas no merecemos la consideración de «ciudadanos», ¿para qué tener en cuenta nuestra opinión? ¿Si las «calles serán siempre suyas», por qué van a considerar si a sus convecinos que votan partidos no independentistas les molesta o no que haya esteladas en todas las rotondas del pueblo o lazos amarillos en las puertas de las escuelas?
¿Por qué van a respetar nuestros sentimientos, si solo ellos tienen derecho a tenerlos? El único «dolor» permitido es el que ellos sufren por «sus presos». Que cada día los voceros secesionistas que dominan el panorama político catalán llamen «fascistas» o «fachas» a los que no piensan como ellos no causa «dolor» a nadie.

Porque los catalanes no secesionistas no tenemos derecho a sufrir. Ni al dolor. Ni a tener sentimientos. Simplemente los ignoran. Nos ignoran.
El problema de la Cataluña actual no es lo que haga o deje de hacer el gobierno de turno en Madrid. Lo grave es que media Cataluña, la que domina TV3, las universidades, las instituciones locales, las escuelas, los medios de comunicación locales, las entidades culturales y sociales y los colegios profesionales, ha decidido que la otra media no existe.
Y aunque han de «tragar» con que respiremos, y que tengamos derecho al voto porque España sigue siendo un Estado de derecho, nos tratan perdonándonos la vida y recordándonos que «cuando lo vuelvan a hacer», y ganen, tendremos que aceptar su yugo o marcharnos.
Si los separatistas quieren realmente curar las heridas que ellos han creado en la sociedad catalana, a la que han desgarrado, tienen primero que reconocernos como a iguales. Que un catalán constitucionalista no es menos que uno independentista. Que merecemos el mismo respeto. Que las calles son de todos. Que las instituciones son de todos. Que no pueden usar TV3, o la escuela pública, para tareas de ingeniería social. Que Cataluña no es suya, es de todos. Y qué somos millones los catalanes que queremos seguir formando parte de España.
A partir de ese día podrán convertirse en un movimiento político no totalitario, que es lo que son ahora, y podrán intentar convencer a todos los españoles que su objetivo, la independencia de Cataluña, es legítimo. Por cierto, tan legítimo como el que muchos catalanes tenemos: que Cataluña siga formando parte de España. Que no lo olviden jamás.
Sergio Fidalgo es director de elCatalán.es
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