Los aficionados pericos tenemos nuestros ritos cuando vamos al Stagefront para disfrutar, o sufrir, según tengan el día nuestros jugadores – generalmente más lo segundo que lo primero -. Llegamos, saludamos a los feligreses habituales que, como nosotros, llevan años yendo al campo a dar testimonio de nuestra pertenencia a la comunidad del RCD Espanyol.
Nos aplicamos en aplaudir cuando se canta la alineación, honramos a nuestros fallecidos con un minuto de silencio, hacemos el bufandeo con el himno, más aplausos en el minuto 21, se entonan algunos cantos de nuestro coro particular – la Grada Canito – y, si el partido ha dado algún mínimo motivo de satisfacción, le reconocemos a los jugadores su esfuerzo tras el pitido final. El juego es lo de menos, más que nada porque la mayoría de las veces es inexistente.
Cada quince días recordamos a los ausentes, comulgamos juntos en nuestra fe blanquiazul, deseamos un futuro mejor y, sobre todo, mostramos nuestra fidelidad a una comunidad en la que nadie nos ha obligado a estar y en la que permanecemos porque creemos que es nuestro sitio en el mundo. El hecho de cumplir con el precepto perico nos reafirma en nuestra pertenencia al grupo.
Está claro que cuando el fútbol es electrizante hace que vayas con más ganas a cumplir con el ritual. Aunque el núcleo más fiel va tanto si llueve, como si truena, siempre es mejor hacerlo cuando hay un ‘algo más’. Ojalá veamos en el Stagefront ese `algo más’ lo antes posible, porque, aunque la fe no flaquee, lo de hacer apostolado para que vengan nuevos creyentes al templo blanquiazul cuesta cada día más.
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