El Partit dels Socialistes de Catalunya llegó al poder vendiendo una doble promesa a la sociedad catalana: el fin de la tensión soberanista y el inicio de una etapa dorada de eficacia en la administración pública. Años después, aquel relato inicial se ha desmoronado por completo ante la implacable realidad de los hechos cotidianos.
Lejos de cerrarse la etapa del desafío secesionista, las estructuras ideológicas del separatismo siguen intactas en los medios de comunicación de la Generalitat. Las antenas públicas de radio y televisión continúan albergando a los mismos rostros y perfiles que durante años alimentaron el resentimiento institucional hacia el resto de España.
En el ámbito lingüístico, la situación confirma la continuidad de las viejas inercias. Entidades subvencionadas como Plataforma per la Llengua o Òmnium Cultural intensifican sus campañas de imposición social, comercial y educativa, mientras el Govern desoye de manera sistemática las resoluciones judiciales que exigen proteger el español como lengua vehicular en las aulas.
La supuesta competencia administrativa del Ejecutivo socialista no ha resistido la prueba de la gestión diaria. El colapso logístico de las infraestructuras, con Rodalies en caos continúo y los atascos cada vez más grandes en las principales vías viarias de Cataluña, demuestran la falta de planificación del Govern. Este ha sido uno de sus grandes errores, el prometer buena gestión, y ofrecer desastres a los catalanes. Este panorama llega en el peor momento para los socialistas, con unas elecciones generales convocadas, y siendo Cataluña el principal granero de votos para Pedro Sánchez.
Además del caos viario, no se puede olvidar las aulas prefabricadas que persisten en los colegios, que la sanidad pública arrastra listas de espera interminables y la seguridad ciudadana flaquea frente a la delincuencia. A ello se suma una política económica asfixiante y desacertada. La presión fiscal sobre los contribuyentes catalanes continúa siendo de las más elevadas, mientras que las soluciones habitacionales se reducen a medidas punitivas contra los propietarios en lugar de apostar por la construcción real de vivienda pública.
La imagen proyectada de administrador sobrio y resolutivo se ha evaporado. El desgaste gubernamental solo se sostiene mediante un dispendio millonario en campañas de propaganda institucional dirigidas tanto a los medios públicos como a los privados subvencionados. Sin embargo, el mayor error estratégico del socialismo catalán reside en su tablero de maniobras políticas. En un intento desesperado por debilitar a Junts per Catalunya, los estrategas del PSC optaron por amplificar artificialmente la figura de Sílvia Orriols y su formación identitaria.
Lejos de desgastar al adversario nacionalista moderado, esta peligrosa estrategia de laboratorio se ha vuelto en contra de sus propios intereses. Aliança Catalana atrae a un electorado transversal y amenaza directamente la hegemonía electoral que los socialistas creían consolidada. De hecho, un sondeo publicado hace unos días por La Vanguardia pronosticaba un empate entre el PSC y la formación de Silvia Orriols en unas elecciones autonómicas.
El pánico ante un descalabro en los próximos comicios municipales es ya evidente en las filas del PSC. La inquietud interna se traduce en maniobras mediáticas de desgaste hacia el resto de formaciones, demostrando que la pretendida estabilidad catalana era tan solo un espejismo político.
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