La Assemblea Nacional Catalana (ANC) ha oficializado su relevo en la cúpula en un intento desesperado por recuperar el protagonismo perdido. Lluís Llach, el cantautor que intentó reactivar el radicalismo estos últimos años, cede el testigo a Josep Vila Boix. Este movimiento se produce en un contexto de absoluta parálisis del movimiento separatista, que no encuentra su sitio en una Cataluña donde el PSC de Salvador Illa prefiere mirar hacia otro lado mientras los radicales se reordenan.
El pleno celebrado en Igualada ha encumbrado a Vila con 39 votos de los 58 emitidos, logrando la mayoría cualificada necesaria. No es una sorpresa, sino el resultado de un consenso interno que busca profesionalizar la agitación callejera. Vila, pedagogo de profesión, asume el mando de una entidad que ha pasado de movilizar a millones a ser un actor secundario en el tablero político.
Mientras tanto, el socialismo catalán asiste impasible a este rearme ideológico, más preocupado por mantener su cuota de poder que por confrontar el relato rupturista de un ANC que intenta resucitar de su actual decadencia, dado que apenas tiene capacidad de movilización y sus concentraciones, a menudo, no pasan de unos pocos centenares de activistas.
Llach abandona la presidencia alegando problemas de salud que le impiden mantener el ritmo de trabajo exigido. Sin embargo, su retirada es solo a medias, ya que el músico seguirá tutelando la organización desde la vicepresidencia. Esta bicefalia demuestra que la ANC no tiene un relevo real y prefiere refugiarse en figuras del pasado para no desaparecer del mapa. Es el síntoma de una decadencia que el Gobierno de Pedro Sánchez alimenta con sus cesiones constantes, permitiendo que estas estructuras sigan operativas.
El nuevo presidente, Josep Vila, no es un desconocido en el entorno de la incidencia política. Durante su etapa como coordinador de esta comisión, fue el encargado de presionar a los partidos políticos y estrechar lazos con otras entidades del separatismo. Su perfil, más técnico que el de Llach, sugiere una etapa de mayor hostilidad estratégica hacia el Estado. Vila conoce bien los resortes del activismo en Gerona, epicentro de la Cataluña más desconectada de la realidad nacional, y ahora pretende trasladar ese modelo a toda la organización.
Junto a Vila, el secretariado se completa con Ariadna Heinz en la secretaría y Blanca Currià en la tesorería. Se trata de un equipo continuista que hereda una entidad fracturada y con una base social desmovilizada. El principal reto de esta nueva dirección será intentar reactivar una confrontación que el PSC, con su política de apaciguamiento estéril, solo ha conseguido cronificar. La falta de firmeza del Gobierno central ha dado alas a que perfiles como el de Vila crean que el camino de la ruptura sigue siendo transitable.
La elección de Vila, que fue el octavo candidato más votado, pone de relieve las costuras de un sistema de elección interno que prioriza la fidelidad al dogma sobre el apoyo popular. Resulta paradójico que Llach, el más votado por las bases, dé un paso al lado para dejar paso a un perfil menos carismático pero más disciplinado. Esta maniobra busca blindar a la ANC frente a posibles críticas internas, asegurando que la hoja de ruta no se desvíe ni un milímetro de la confrontación directa con las instituciones democráticas.
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