¿Se imaginan que el presidente del Espanyol hubiera llamado al presidente de una comunidad autónoma y le hubiera llamado “imbécil” una y otra vez? ¿Se imaginan que el director general del Espanyol hubiera contratado una agencia de detectives para socavar las posibilidades electorales de los vicepresidentes del consejo de administración perico?
¿Se imaginan que el Espanyol hubiera estado pagando durante años y años a un alto cargo del arbitraje español sin dar explicaciones convincentes? ¿Se imaginan al presidente del Espanyol quedándose en calzoncillos en el aeropuerto de El Prat? ¿Se imaginan al presidente del Espanyol despistando a sus socios en una asamblea diciendo que su cuñado, el cual tuvo y tiene una gran influencia dentro del club, nunca ha sido miembro de la Fundación Francisco Franco?
¿Se imaginan al presidente del Espanyol tomar el pelo una y otra vez a sus socios sobre los plazos de la remodelación del estadio? ¿O lanzar por los aires una bandeja llena de comida por un mal resultado deportivo? Si todo esto lo hubiera hecho el presidente del Espanyol no podría vivir en Cataluña. Le habrían crucificado y jamás vendería un lápiz a nadie, porque el boicot sería total. Pero como lo ha hecho Joan Laporta aún hay gente que le ríe las gracias y lo defiende por su “compromiso” con el “país”, y asegura que es el mejor presidente de la historia del Barça.
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