Si Barcelona se ha convertido en los últimos seis años en un paraíso para los delincuentes no es por casualidad. Se debe a que los ‘comunes’ están dirigidos por personas que prefieren el desorden a la Ley, y el delito al respeto de las normas. Son adalides de la «desobediencia», de no cumplir las leyes que no le gustan, y los ladrones y alborotadores no hacen más que seguir su ejemplo. Ada Colau no es la única dirigente de esta formación que incita a no respetar la normativa democrática de nuestro país, otros políticos de gran peso dentro de los comunes han sido claves en el ‘sello’ Barcelona como ciudad ‘chorizos friendly’.
Por ejemplo, Jaume Asens, que fue teniente de alcalde durante el primer mandato de Colau, ha sido abogado de ‘okupas’ y radicales antisistema, lo que denota su poco apego a las políticas de seguridad y a cumplir con lealtad las leyes de lo que él considera “opresor Estado español”. Es un separatista radical y como miembro de la dirección de Podemos-comunes en el Congreso no hace más que repetir lo que hizo durante su mandato como teniente de alcalde, y en su trayectoria como letrado: deslegitimar la acción policial y defender un marco legislativo en el que la desobediencia sea la norma. Y hablamos de un dirigente cuyo partido está en el Gobierno de España. Todo un héroe para los amantes de los delitos.
Gerardo Pisarello, que también fue teniente de alcalde durante el primer mandato de Colau, ha sido el gran azote del equipo de Ada Colau hacia la Monarquía Constitucional, una de las piedras angulares de nuestro sistema institucional. Pisarello saltó a la primera plana de la actualidad por su pugna en el balcón del ayuntamiento para evitar que Alberto Fernández Díaz, del PP, mostrara una bandera de España después que un regidor de ERC luciera una ‘estelada’. Pero su influencia perniciosa ha ido mucho más allá de no permitir que durante años no hubiera ninguna efigie real en el salón de plenos. La política de ‘desobediencia’ activa del equipo de gobierno municipal, con lazos amarillos y pancartas secesionistas en edificios municipales en la etapa álgida del ‘procés’ y el ‘post-procés’, tiene mucho de su sello. Ahora en el Congreso, como miembro de la Mesa en representación de un partido que gobierna en España, sigue en lo mismo.
Las políticas de seguridad de Ada Colau están en estado de putrefacción, por mucho que haya cedido a los socialistas de Collboni el mando en esta área. La jefa política de la Guardia Urbana es la alcaldesa, que desde que accedió al cargo ha hostigado y despreciado a su policía local. Decidieron gestionar el bienestar de los ciudadanos al margen de la Guardia Urbana, restándole efectivos y medios, y retirando a sus agentes todo el apoyo político. El equipo de gobierno municipal de los ‘comunes’, gracias a Asens, convirtió a la policía local en uno de sus enemigos, para satisfacer al sector más extremista de su electorado.
Los comunes luego se apoyaron en el buenismo de “las leyes injustas no merecen ser cumplidas”, y el comercio ilegal de los manteros se extendió por todo el centro de la ciudad, y una vez creado el marco de que las leyes no se respetaban, los delincuentes decidieron aprovechar la ocasión y campar a sus anchas. Y luego llegó el turno de los botellones, porque si los manteros podían vender, muchos jóvenes que durante años los vieron actuar decidieron que ellos podían divertirse en las calles sin importarles la normativa de civismo. Y se juntaron aglomeraciones de jóvenes desobedientes con manadas de ladrones muy creciditos. Y estalló la tormenta perfecta.
Esa querencia por la desobediencia llevó a Colau a ser una de las principales aliadas del proceso secesionista. Jugó a una falsa equidistancia, porque siempre que había que estar al lado del independentismo, allí estaba ella. Y no podemos olvidar la permisividad de los `comunes’ hacia los instigadores de la turismofobia que acosaban a hoteles, autobuses turísticos y a todo tipo de negocios relacionados con este sector. Durante la etapa pre-pandemia de su mandato municipal hubo numerosos ataques a hoteles, restaurantes y autobuses turísticos ante la pasividad del Ayuntamiento. Y hemos llegado a una Barcelona cansada del populismo de Colau. Mientras la alcaldes siga negando la realidad Barcelona seguirá cayendo en una espiral de violencia. Y arrastrara a sus socios de gobierno, el PSC, que no ha sabido poner coto a los desmanes de los comunes.
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