Los miembros de la Resistencia al secesionismo que forman parte de las brigadas de limpieza de propaganda secesionista llevan años jugándose el tipo ante un puñado de alcaldes fanáticos y de agentes de los Mossos convertidos en policía política.
Esos activistas se arriesgan para recuperar el equilibrio del espacio público retirando lazos amarillos y pancartas partidistas. En una democracia no hay que pedir a los ciudadanos comportamientos heroicos, ya que deberían ser los poderes públicos los que velaran por el cumplimiento de la ley. Como no es así, lo hacen ellos.
De ahí la importancia que el resto de ciudadanos debamos exigir sin descanso a los políticos separatistas que dejen de convertir a las instituciones públicas en herramientas de propaganda a su exclusivo servicio. Hasta que los dirigentes independentistas acepten que Cataluña no es suya, que la Generalitat no es suya, que los ayuntamientos no son suyos y que han de respetar los derechos cívicos y democráticos de todos los catalanes, no solo de los secesionistas, no hemos de parar.
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