Cuando una de cada cuatro familias catalanas está por debajo del límite de la pobreza, y cuando la deuda pública acumulada de Cataluña supera a la de once comunidades autónomas juntas, ahora el Parlament de Cataluña aprueba una resolución, con la única oposición de VOX y del PPC, para reparar la memoria de las mujeres condenadas por brujería en Cataluña.
Lo curioso de este asunto es que esta propuesta parlamentaria surja en una región de un país como España, en el que cuantitativamente el ajusticiamiento de mujeres y de algunos hombres acusados de brujería, fue de los menores en toda Europa, y la explicación a esta cuestión se circunscribe al hecho de que la denominada caza de brujas en Europa, estaba relegada al pueblo y a pseudo autoridades locales que habían linchado, ahorcado o quemado vivas a miles de mujeres bajo acusaciones tan absurdas como hacer pócimas con hierbas -que solían ser curativas- culpabilizarlas por el nacimiento de un niño con malformaciones, advenimiento de malas cosechas o simplemente ser sorprendidas mirando fijamente la luna. Estos fenómenos empezaron a acontecer en España, y ya en el siglo XV rápidamente la Inquisición intervino directamente en estas cuestiones, para evitar que fueran condenadas personas inocentes acusadas falsamente de brujería.
Tradicionalmente y a nivel antropológico, en todas todas comunidades ha habido sobre todo curanderas, que por falta de médicos o porque la medicina moderna todavía no existía, elaboraban pócimas, ungüentos e infusiones para curar a las personas de su pueblo. Evidentemente el conocimiento botánico de estas personas les permitía elaborar remedios más o menos eficaces, y también venenos mortales o alucinógenos, y es precisamente aquí cuando surgieron actividades ilícitas, que hoy con nuestro lenguaje moderno se denominarían fabricación y manipulación de sustancias estupefacientes y psicotrópicas -penado con prisión- y asesinato por envenenamiento, también penado con penas altas de privación de libertad. Con el transcurso de los siglos la penalidad de los hechos delictivos se ha ido suavizando, y lo que hoy se paga con cárcel, entonces de pagaba con la hoguera o con la horca, y esto es lo que le pasó a algunas mujeres catalanas, a las que ahora se quiere homenajear.
Pero si nos limitamos a aquellas brujas que sólo querían curar a la gente, hemos de calibrar el tipo de sustancias que empleaban para ello. Si la cosa se limitaba a la obtención de plantas curativas del monte, entonces como es lógico no hay nada que objetar, pero el asunto se complica cuando esas hierbas como el estramonio, el ajenjo o la árnica, provocaban abortos, conducta castigada entonces con la pena de muerte, por acabar conscientemente con una vida humana.
También este tipo de prácticas entraban en el terreno de lo delictivo cuando se empleaban sustancias de procedencia humana, ya que hasta bien entrado el siglo XX, muchas personas creían que la sangre de niños, por su pureza, era un eficaz remedio contra el tifus o la tuberculosis, así como la ingestión de hígados crudos de bebés, o los ungüentos de grasa humana, y aquí entran en escena los denominados y denominadas «sacamantecas». Un ejemplo de ello lo encontramos en Prats de Llusanés cuando María Pujol fue ahorcada por extraer el hígado de una niña y amputarle el brazo. Otro ejemplo fuera de Cataluña lo encontramos en la localidad de Gádor en la provincia de Almería, cuando la curandera Agustina Rodríguez a cambio de tres mil reales, secuestró a un niño de siete años que después de practicarle un corte en la axila, le dieron la sangre mezclada con azúcar al cliente enfermo, para luego aplastar la cabeza del niño con una roca para extraerle la grasa corporal y algunas vísceras.
Otro caso fue el de las tres brujas del pueblo de El Casar en Guadalajara, Catalina Mateo. Olaya Sobrino y Juana Izquierdo, que a finales del siglo XVI entraban en las casas por la noche, para llevarse a los bebés de sus cunas, mientras depositaban adormidera en las almohadas de los padres para intensificar su sueño, que después de matarlo con diversas amputaciones y quemar el cuerpecito, lo volvían a depositar en su cuna mientras los padres seguían durmiendo. Durante el proceso que practicó el Santo Oficio, atestiguaron que era una práctica de adoración al diablo, para tener más poder. Por lo visto después de haber sido halladas culpables de haber asesinado a seis niños, la maléfica Inquisición española las condenó a la pena de destierro de su pueblo, para no coincidir con los padres, multa económica y algunos latigazos.
Otro ejemplo más cercano de asesina en serie, antaño llamadas brujas, lo encontramos en la Vampira de Barcelona, Enriqueta Martí, que en la Barcelona de principios del siglo XX, secuestró y descuartizó a un número indeterminado de niños, para vender su sangre a personas adineradas que padecían tuberculosis. Evidentemente si Enriqueta Martí hubiera realizado sus fechorías durante los siglos XV, XVI o XVII, habría sido acusada de brujería, y en lugar de un tribunal civil, la habría juzgado la Inquisición
Lamentablemente la gran mayoría de las actas de los juicios, que realizó la Inquisición contra mujeres acusadas de brujería, y los delitos aparejados a esta práctica como el tráfico de drogas o el asesinato, no han llegado a nuestras manos, pero sin duda brujas famosas como las catorce que fueron ahorcadas en Viladrau, que cada año se las homenajea en su pueblo, y que ahora el Parlament de Cataluña quiere rehabilitar, no fueron condenadas al azahar. Además otro aspecto curioso de estas ejecuciones a la pena capital, es que a diferencia de los juicios penales que impartían los tribunales ordinarios, la Inquisición como no quería castigar al cuerpo sino salvar el alma, siempre le daba la oportunidad al reo, incluso en el momento de la ejecución, de abjurar de su fe satánica y abrazar la fe, con el simple acto formal de besar una Biblia para poder salvar la vida, y ninguna de las brujas condenadas en Cataluña lo quiso hacer, en una versión moderna del «ho tornarém a fer».
Todos estos delitos acumulados durante los siglos y repartidos por la geografía catalana, cuajaron en el imaginario popular, y estas mujeres se ganaron una mala fama que derivó en frases como «vindrà la bruixa i se t’emportarà». Resulta evidente que muchas inocentes fueron injustamente ejecutadas, pero otras fueron ajusticiadas no por el simple hecho de ser brujas, sino por sus abominables actos. Por ello una reparación lineal de tabla rasa sobre todas las mujeres y algunos hombres condenados por prácticas aparejadas a la brujería, supone que el Parlament de Cataluña brinde homenaje a asesinas en serie de menores de edad. Lamentablemente, el Parlament ya nos tiene acostumbrados a este tipo de dislates.
Todos sabemos que las brujas no existen, pero haberlas haylas.
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