Lalachus es una cómica mediocre que ha saltado a la fama nacional por un mal chiste. El problema de la estampita con la vaca del Grand Prix no es que fuera sacrílego, porque comparado con lo que tradicionalmente dice cierta izquierda sobre los símbolos religiosos es casi naif, la cuestión es que no tenía ninguna gracia. Pero ella y los guionistas sabían lo que iban a provocar, y lo buscaban. Y lo han conseguido.
Y ya tenemos a la tal Lalachus convertida en un símbolo de la libertad de expresión para la izquierda española. Por supuesto, ese mal chiste pasó todos los filtros de RTVE, porque nada le interesa más al Gobierno de Pedro Sánchez que una buena cortina de humo. Y la polémica generada por la estampita ha tapado muchos de los escándalos de los socialistas. Sánchez está destruyendo la unidad nacional, ha pactado con los herederos de ETA, está dinamitando nuestras instituciones y montamos la mundial por un mal chiste de Lalachus.
El 2025 será un año lleno de oro para Lalachus. Llenará todos los teatros y clubes a los que vaya a actuar. La fama que ha conseguido gracias a un mal chiste, y a la sobrerreacción de algunos creyentes, va a servir para que el sanchismo tenga una nueva heroína a la que su legión de medios de comunicación adictos van a glorificar para contraponerla a la «fachosfera». Los «fachas» contra la «humorista libre y provocadora» según el sanchismo. La realidad: una humorista con poca gracia aprovechando la trampa creada por los propagandistas de Sánchez.
La manera de conseguir que Pedro Sánchez desaloje La Moncloa no es cayendo en todas sus trampas. Si sus propagandistas ponen el capote y embestimos sin pensar, nunca conseguiremos ganarle la partida. Lalachus no era nadie, y hubiera seguido sin ser nadie si algunos no hubieran picado. Defender la fe y la religión católica es mucho más que criticar un mal chiste. De nada sirve que los obispos se escandalicen por un gag si luego son palmeros del PSOE cuando les conviene. En eso Sánchez ha demostrado que tiene muy calados a sus adversarios.
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