¿Quieren decirme nuestros políticos cómo se puede pretender cambiar las estructuras institucionales o establecer las medidas de regeneración política que la sociedad demanda, sin un gran pacto que no conlleve dividir, otra vez, por mitades irreconciliables a la ciudadanía?
¿Podrían explicarme de dónde les viene tanto odio a quienes basan más las campañas electorales en echar al otro que en intentar convencer con sus propuestas? ¿Cómo pueden algunos líderes hablar de segunda transición para forjar una alternativa en la que sólo cabrían las distintas opciones políticas de izquierda? ¿Es posible que los últimos cuarenta años no hayan servido de nada? ¿Se va a repetir de nuevo la intolerancia que jalonó nuestra desgraciada historia constitucional?
¿Cómo quieren algunos hacer una reforma constitucional, con todo lo que conlleva, necesitada de amplias mayorías, contra una parte del espectro político? ¿Es posible, hoy en día, tener constituciones de izquierda o de derecha? ¿Ha estudiado alguien, entre nuestros políticos, cómo cada vez que, en democracia, se ha utilizado la constitución como arma arrojadiza contra el otro, el experimento ha derivado en el más rotundo de los fracasos?
¿Por qué no dejamos de hacer política como si otra vez estuviéramos en las reuniones asamblearias de la muchachada universitaria? Es cierto que hubo un presidente del gobierno, en España, que dijo que cualquiera podía serlo. Así nos va a ir si continuamos creyendo tal sinsentido. Quizás sería bueno poder exigir un cierto nivel, de conocimientos, de racionalidad, de práctica democrática y de talante institucional a quien quisiera ser candidato a tal cargo. Seguramente nos iría mucho mejor. En España y en Cataluña.
¿Alguien se cree que llegar a acuerdos amplios sólo implica contar escaños y ver cómo se llega a mayorías numéricas que, logradas desde cualquier bando, lo único que pretenden es no dejar que gobierne el otro? Basta con mirar qué sucede en nuestro entorno europeo. No en Venezuela. Más cerquita, aunque más al norte, sin tener que cruzar el Atlántico. Donde cuando se hacen pactos de amplio espectro, se nombran comités de expertos mixtos y se estudian y acuerdan programas con luz y taquígrafos.
Para ello, en los acuerdos amplios, que son los necesarios en escenarios de crisis como el que estamos atravesando, es necesario analizar concienzudamente en qué se coincide y en qué se discrepa, cuáles son los elementos precisos absolutamente necesarios para llegar al acuerdo y en qué puntos concretos va a ser imposible alcanzarlo. Se fijan también los objetivos mínimos e, incluso, se hace un cronograma temporal de ejecución del programa acordado, dado que, si el trabajo se hace seriamente, todos los implicados son conscientes de que todo no se consigue a la vez ni en el mismo tiempo.
Pero, ¿es esto lo que aquí y ahora se está haciendo? Rotundamente no. Al menos, nadie plantea públicamente nada de esto. Sólo pretenden hacer cuentas que les salgan favorables y etiquetan al otro como contrario a abatir, a denostar y a eliminar del pacto político. A vueltas, otra vez, olvidando la Historia, con la regla de la mayoría
Teresa Freixes
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