La realidad catalana

Con toda probabilidad más de uno considerará que la próxima afirmación no es del todo cierta. Está en su pleno derecho. Personalmente afirmo que el pulso de la sociedad está en twitter. Muchos conocidos lo detestan porque bajo el amparo del anonimato uno puede decir lo que le venga en gana. Pero esta es la grandeza de twitter. Durante estos días uno ha recibido muchos improperios de personas conocidas y desconocidas. Algunos, por mucho que evolucionen las tecnología permanecerán anclados en un mundo como el de Matrix. Pero otros han bajado del limbo y se han calmado en sus argumentos. Alguno me ha preguntado, teniendo en cuenta mi pensamiento, qué se podía hacer a partir de ahora. Cuando unos interlocutores independentistas o favorables al procés ponen el freno de mano y rebajan el tono, significa que ellos mismos han visto que no vamos bien.

Si importante fue el discurso de S.M. Felipe VI, más importante ha sido el revuelo por la marcha de empresas fuera de Cataluña. En España hay tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. Pero existe otro que mueve y provoca más pánico que los anteriores. Un poder en la sombra que se llama: económico. Y, cuando este sale de las penumbras muchos tiemblan y hacen bien. La salida de este cuarto poder a la luz ha provocado una reacción en cadena de aquellos que estaban por la labor, pero no tanto. Los de toda la vida, aquellos que no ven más allá de sus narices siguen considerando que esto es mentira y que nunca nadie abandonará Cataluña, pues fenecerán en el intento.

Durante todo este tiempo -y no me refiero al último mes- se ha tergiversado el idioma o no se han explicado las cosas lo suficientemente bien. Esto es evidente. A unos no les interesaba hacerlo porque hecho de perder un montaje o una estructura que servía para eclipsar una realidad: la crisis económica, la incapacidad para gobernar y el robo sistemático de CiU y sus acólitos. Para esto ha servido el procés. Y, cuando se les estaba a punto de escapar de las manos, el astuto Mas ha salido a la palestra y ha pedido que se pudiera el freno de mano. Todo un detalle.

Pero vamos al tema que nos ocupa. La tergiversación del lenguaje o la mala utilización del mismo. En derecho político hay dos conceptos conocidos como autodeterminación interna y externa. ¿Supongo que les suena? Los políticos catalanes, las organizaciones financiadas por ellos como Ómnium Cultural y ANC -aparte de ACM y AMI- han pedido en los últimos años el derecho a la autodeterminación. Démonos cuenta de su inutilidad política y judicial cuando, desde la aprobación de la Constitución del 1978 Cataluña ha gozado de autodeterminación interna.

¿Qué quiero decir? El gobierno de la Generalitat, desde su origen, ha podido convocar elecciones para elegir a sus representantes en el Parlament y estos han podido designar al president. También han podido estructurar, configurar y distribuir las competencias recibidas por el gobierno central. Asimismo ha fomentado el desarrollo cultural, social y económico de Cataluña. Es decir, han sido libres para organizas cómo, de qué manera, en qué circunstancias, y dónde llevar a término las competencias recibidas. Es decir, desde 1978 Cataluña ha tenido autodeterminación interna para llegar a cabo todo esto sin que se interpusiera el gobierno central, siempre y cuando sus decisiones estuvieran dentro de la ley establecida por la Constitución y el Estatut de Autonomía. Libremente y en Democracia. Así de fácil y sencillo.

Después existe una autodeterminación externa. ¿En qué consiste? Para simplificar podemos decir que es la soberanía de todo Estado a determinar libremente su lugar en la comunidad internacional de Estados. España, Francia, Italia, Alemania… ejercen una autodeterminación externa. En el caso que nos compete, por mucho que se cambie la Constitución, no existe ningún país europeo que pueda aceptar –dentro del marco legal- la autodestrucción como programa. Y es que la independencia no deja de ser la destrucción de un país. Y más teniendo en cuenta las circunstancias actuales de globalización. Y aunque no fueran así, no hay Estado que pueda permitir la fragmentación de sí mismo. Y no sirve aplicar casos recientes que por su praxis nada tienen que ver con el que nos ocupa. Hablo de Escocia, Quebec o Kosovo. Estos casos forman parte de una excepcionalidad regulada, en algunos casos, por leyes internacionales y cuestiones internas derivadas de conflictos o circunstancias muy particulares.

El caso que nos ocupa se encuadra dentro de la legislación específica que enmarca todos aquellos países de la Unión Europea moderna. Ha habido conflictos en Francia o Italia. Todos ellos por temas muy relacionados con el de Cataluña. En ningún caso se ha permitido que la independencia acabara con la soberanía del país. Y en el caso que nos ocupa hoy en día, el de Cataluña y España, tampoco pasara.

Y a modo de ejemplo histórico tenemos las dos proclamaciones de la república catalana. Me refiero a las de Macià y Companys. Ambos proclamaron el Estat Català dentro de España. Se independizaban, aunque de una manera bastante complicada seguían siendo parte de España. Uno, por así decirlo, y siendo del mismo pensamiento, lo hubiera aceptado. Me refiero a Niceto Alcalá-Zamora y a Manuel Azaña. Ambos republicanos y con unas ideas bastante parecidas a las de los dos presidentes de la Generalitat hubieran tenido que aceptar. No lo hicieron. ¿Por qué? Muy sencillo: fracturaban España. Y este principio que ya he comentado se plasmó cuando ambos enviaron el ejército para derrocar la sublevación. El ejemplo es claro y algunos tendrían que tomar nota.

Por lo tanto, Cataluña ha vivido sus mejores años de autodeterminación interna. Se tiene que seguir aprovechando lo que se tienen. Quizás sea posible un poco más. Esto lo tienen que decidir los políticos y ver hasta dónde se puede llegar y lo que se puede o no ceder. Lo importante es saber hasta donde hemos llegado y no perderlo por la incapacidad y la locura de unos pocos irresponsables que no tienen visión de pasado ni de futuro.

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