El recién acreditado eurodiputado de Junts Toni Comín ha vuelto a ofrecer este domingo una muestra del folclore al que nos tiene acostumbrados el separatismo catalán. El eurodiputado ha escenificado un supuesto cruce fronterizo desde el sur de Francia – lo que el secesionismo llama ‘Catalunya Nord’ – hacia Cataluña. Una «ruta del exilio» simulada para reanimar a sus fieles.
El espectáculo busca apelar a la emotividad del movimiento separatista. Se trata de un recurso gastado que pretende equiparar la persecución judicial con la gesta heroica. Sin embargo, la puesta en escena llega con demasiado retraso. Lo ridículo del número reside en la cronología reciente del propio protagonista. Hace unos días Comín no tuvo reparo en realizar los trámites oportunos para acatar la legalidad española. Todo ello con el único fin de asegurar su acta en el Parlamento Europeo.
El dirigente independentista no dudó en cumplir con los requisitos que exige el Estado que él mismo califica de opresor. Madrid fue el escenario donde aceptó la normativa vigente. La conveniencia personal pesó más que el discurso de la desobediencia. Resulta difícil sostener el relato del perseguido heroico cuando se acata la ley según conviene al bolsillo y al cargo. La estrategia de la confrontación constante pierde efectividad ante estas incoherencias. El ciudadano asiste a una comedia donde las convicciones cambian según el trámite.
Esta nueva maniobra del entorno separatista confirma la desconexión del movimiento con la realidad. Las puestas en escena en la demarcación transfronteriza ya no convencen como antes. El desgaste de la ficción política es cada vez más evidente. El Gobierno del PSOE vuelve a ser el marco complaciente que permite estas dinámicas. La falta de firmeza institucional ante el relato independentista facilita que estos episodios se repitan. Se prioriza la estabilidad de los pactos políticos sobre la exigencia de rigor.
La izquierda en el poder tolera las contradicciones del separatismo a cambio de sostener sus mayorías. La flexibilidad con la que se tratan estas actuaciones erosiona el prestigio de las instituciones. El espectáculo se tolera porque interesa el rédito parlamentario. Toni Comín ha dejado en evidencia la verdadera naturaleza del proceso independentista. Un proyecto que combina el acatamiento pragmático de la ley en los despachos con la protesta ficticia en la calle. El público, exhausto, ya conoce de memoria el guion.
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