La Mallorquina es una de esas citas que tengo conmigo mismo cada vez que voy a Madrid. Esta pastelería, situada en plena Puerta del Sol, forma parte de mi relación sentimental con la capital desde hace treinta y cinco años. No soy especialmente goloso, porque me tira más lo salado, pero me encanta su napolitana de crema, un placer sencillo que solo cuesta 1,70 euros.
También me encanta, cuando hay sitio y tengo suerte, subir a su salón y ponerme en una ventana para disfrutar de unas buenas vistas de la Puerta del Sol o de la Calle Mayor. Es el paraíso de los amantes del azúcar, y aunque yo me mantengo fiel a la sencilla napolitana, la bomba de nata, la tarta de fresa o las palmeritas con chocolate son dignas de ser probadas.
Para llevar a su hogar no se pierdan las rocas de chocolate — sobre todo las de chocolate negro –, el surtido de bombones o el lote tricolor de lenguas de gato (negro, con leche y blanco). Son una apuesta segura. Las colas en las horas punta son legendarias para llevarse un par de napolitanas, unos sandwiches o el sinfín de especialidades de la casa. No se asusten, que el personal de la pastelería es diligente y saca la faena con fluidez.
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