Si a un ciudadano no le gusta las propuestas de VOX puede combatirlas dialécticamente con sus familiares y amigos, puede ser activo en redes sociales para mostrar su desacuerdo, y puede no votarles y apoyar a sus adversarios políticos.
Pero lo que no se puede hacer es pedir la ilegalización de una formación que respeta la Constitución, que no va quemando contenedores, que no apoya a bandas terroristas y que no ha dado golpes de Estado. Muchos de los que piden la eliminación de VOX pertenecen a partidos que sí han dado golpes de Estado, que justifican la violencia política – cuando la ejercen los ‘suyos’ en nombre del ‘antifascismo’ -, que han apoyado a grupos terroristas y que están por saltarse día sí, y día también, la Constitución.
Hubo una época, cuando en el Parlament solo estaba el PP como oposición al socialismo y al nacionalismo, en la que el «fascismo» eran los populares. Luego, cuando Ciudadanos empezó a subir, los «ilegalizables» que eran los dirigentes de aquel Ciudadanos de Albert Rivera y Jordi Cañas.
Ahora le toca a VOX. Siempre es la misma jugada, deshumanizar al que les planta cara de manera eficaz y consigue abrir hueco entre el electorado. Hay que negarse a que los totalitarios «ilegalicen» a la carta, porque nos jugamos la democracia.
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