He manifestado en repetidas ocasiones mi falta de confianza en Manolo González, especialmente tras la preocupante e insostenible racha de dieciocho partidos sin ganar firmada la temporada pasada. Desde un punto de vista estrictamente deportivo, su destitución hace meses habría sido una decisión lógica. Sin embargo, ante la firme apuesta de la propiedad por su continuidad, al espanyolismo no nos queda otra alternativa que cerrar filas, remar en la misma dirección y apoyarle para que el equipo complete el mejor curso posible.
El futuro inmediato exige concentración máxima. El próximo compromiso contra el Málaga debe servir para enterrar viejos fantasmas: el Espanyol no puede permitirse actuar, una vez más, como el equipo aspirina que resucita a los colistas. Un triunfo solvente aportaría ese plus anímico indispensable para afrontar con garantías el exigente duelo posterior frente a un poderoso Atlético de Madrid. Nadie en su sano juicio desea malos resultados con el único propósito de propiciar un cambio en el banquillo; lo que queremos es que el equipo gane, convenza y avance.
Deseamos de corazón que a Manolo le vaya muy bien, que cuaje una campaña notable tanto en La Liga como en la Copa del Rey, y que su ciclo en Cornellà-El Prat culmine con éxito antes de emprender nuevos retos profesionales lejos de nuestra entidad. No obstante, hay que ser claros: una hipotética renovación solo se entendería si logra levantar un título copero o clasifica al equipo para competiciones europeas. Solo un objetivo de esa magnitud lograría maquillar los sufrimientos y la humillación de la pasada campaña.
Es de justicia reconocer que Manolo nos aportó estabilidad en un momento institucional muy delicado, convirtiéndose en el único portavoz que, semana tras semana, canalizaba y defendía con acierto el sentir de la grada. No obstante, en su día pudimos confundir esa encomiable gallardía dialéctica con solvencia técnica. Es un entrenador en plena fase de formación cuya única experiencia en la élite se limita al Espanyol, y esa inexperiencia se ha traducido a menudo en carencias tácticas evidentes que el equipo ha pagado caras.
Pese a todo, el plan está claro: apoyarlo incondicionalmente hasta el final de esta temporada, valorar su entrega y despedirlo con honores llegado el momento, salvo que sea capaz de obrar un objetivo de gran calado que supere con creces la simple permanencia. Lo que Manolo puede dar de sí ya lo pudimos vislumbrar en destellos puntuales como el partido ante el Elche. Confiemos en que evolucione tácticamente y demuestre a todos los sectores críticos que posee el nivel necesario para liderar nuevos ambiciosos proyectos.
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