
La CUP sigue su camino para convertirse en un partido tradicional, y tras elegir a un secretario general – Non Casadevall – y pactar con los socialistas en el Parlament medidas en materia de vivienda se han volcado en los cambios cosméticos para hacer ver que cambia algo, cuando no cambia nada.
Los antaño anticapitalistas han apostado por algo tan capitalista como un cambio de logotipo, teóricamente con la excusa de dar más visibilidad a la estelada, pero en la práctica renuncian a la estelada de color rojo, que es el símbolo de los independentistas de izquierda radical.
La CUP busca recuperar espacio electoral a costa del PSC, ERC y los Comunes, y para eso intenta moderar su ideario, su imagen y su estilo a la hora de negociar. Ha cambiado el maximalismo por el posibilismo en un intento de evitar su desaparición de los grandes ayuntamientos catalanes y del Parlament.
Buscan dar una de cal y una de arena, intentando mostrar una cara más tendente al acuerdo con otros partidos de izquierda, mientras siguen apoyando a grupos juveniles como Arran o el Sindicat d’Estudiants dels Països Catalans que practican la violencia política mediante escraches contra jóvenes constitucionalistas como los de S’ha Acabat!

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