Los espanyolistas somos “cabezones”. Sin esta tozudez perica no habríamos resistido los ataques de los propagandistas azulgrana y ya habríamos desaparecido. Nuestra voluntad de lucha y resistencia nos ha hecho sobrevivir. Pero hemos desarrollado tanto esta cualidad, que a veces adolecemos de cierta estrechez de miras.
Está bien ser “cabezón” hasta cierto punto. Es positivo en cuanto que no renunciamos a nuestros colores y hacemos gala de ellos en circunstancias difíciles. Es de admirar que un chaval resista la presión de treinta compañeros y se defina como perico a pesar de ser el único de la clase. O en una oficina. O en una agrupación sardanista. O en un partido político.
Pero no se ha de confundir la defensa de las convicciones propias con el rechazo a las opiniones de los demás. Un culé, o un madridista, por el mero hecho de serlo, no significa que estén equivocados, y pueden emitir una opinión sobre el Espanyol que igual no nos gusta, pero que está llena de sentido. Y no por ello les hemos de descalificarles. Que aficionados de otros equipos sigan esta pauta no quiere decir que tengamos que imitarlos. Al contrario, no hemos de copiar los defectos de otras hinchadas.
Uno de los grandes males que hemos vivido a lo largo de nuestra larga historia son las luchas internas. Somos tan “cabezones” que al final queremos tener la razón tengamos enfrente a culés, merengues o pericos. Si hay tres espanyolistas en una sala, posiblemente no se pongan de acuerdo en casi nada. A favor o en contra de Meler. A favor o en contra de Vilá Reyes. A favor o en contra de Ferran Martorell. A favor o en contra de Daniel Sánchez Llibre. A favor o en contra de Raúl Tamudo. A favor o en contra de Paco Flores. A favor o en contra de Javier Clemente. A favor o en contra de la familia Lara. A favor o en contra de Torres Mestre. A favor o en contra de Javier de Haro. A favor o en contra de Tomás Guasch. Cualquier icono del espanyolismo nos divide.
La unidad dentro de nuestra afición parece una quimera, y yo he sido el primero que he tomado partido en más de una ocasión. Pocos pericos se han escapado de este “vicio”, que viene como consecuencia de nuestra pasión. Vivimos de manera intensa nuestro espanyolismo, ya que si no fuera así ya nos habríamos dejado llevar por lo fácil y seríamos aficionados del Fútbol Club Barcelona o del Real Madrid. Cabezones, orgullosos, supervivientes y además con tendencia a defender nuestros puntos de vista hasta el final.
Hemos demostrado que podemos sobrevivir, y tenemos un acervo histórico y sentimental lo suficientemente rico como para estar continuamente a la defensiva. Ya es hora de pelearnos menos entre nosotros, de contar hasta diez cuando un perico dice algo que no nos gusta, de ponernos de acuerdo y de unir esfuerzos para crecer en vez de gastar energías en pelearnos entre nosotros. ¿No?
(Artículo dedicado al Gran José María Gay de Liébana. DEP)
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