La dirección de Junts per Catalunya, liderada por Carles Puigdemont y Jordi Turull, vive sus horas más inciertas desde la refundación del espacio neoconvergente. La reciente encuesta publicada por La Vanguardia ha encendido todas las alarmas: Aliança Catalana, el partido que lidera la alcaldesa de Ripoll, Sílvia Orriols, aumentaría con fuerza su presencia en el Parlament con 19 diputados, apenas dos menos que Junts, que caería hasta los 21 escaños, perdiendo 13 respecto a las últimas elecciones. Un vuelco que refleja no solo el desgaste de Junts, sino también el ascenso de una opción independentista sin complejos y con un discurso rupturista y contundente que pasaría de dos a 19 diputados.
Puigdemont, consciente del terreno que está perdiendo en el flanco más radical del separatismo, ha intentado marcar perfil propio endureciendo su discurso. En los últimos meses, ha exigido públicamente que Cataluña recupere las competencias en materia de inmigración, una reclamación que busca frenar la fuga de votantes hacia Aliança Catalana. Además, ha adoptado un tono más severo contra la inmigración ilegal, en un intento de competir con el discurso identitario de Orriols, que ha sabido conectar con un electorado desencantado y radicalizado.
Sin embargo, esta estrategia no está dando los resultados esperados. La base de votantes de Junts percibe estas maniobras como una reacción tardía y poco creíble. Durante años, Junts ha evitado entrar de lleno en el debate migratorio, y ahora su giro de guion no convence ni a propios ni a extraños. A ello se suma un factor clave: los acuerdos con el PSOE. Muchos simpatizantes de Junts consideran una traición los pactos que Puigdemont ha mantenido con el Gobierno de Pedro Sánchez y sus fotos con dirigentes socialistas como Santos Cerdán o Salvador Illa, partido al que identifican como el principal responsable de frenar el proyecto de la República Catalana.
Frente a esta imagen de cesión, Sílvia Orriols se presenta como la alternativa intransigente. Su mensaje es claro: jamás pactará con partidos de ámbito estatal español. Esta firmeza ha calado especialmente entre sectores independentistas desencantados con el «pragmatismo» de Junts y ERC, que han optado por la negociación con el Estado en lugar de la confrontación. Aliança Catalana se erige así como la nueva voz del soberanismo duro, dispuesta a llevar la causa independentista sin concesiones, y con un discurso radical en temas de inmigración y seguridad.
En el seno de Junts, el malestar es creciente. Algunos sectores internos critican que Puigdemont esté hipotecando el relato del partido para recuperar votos por la vía de la imitación del discurso de Orriols, mientras otros temen que esta deriva pueda provocar una fuga aún mayor hacia opciones más coherentes con ese ideario. La figura de Jordi Turull, secretario general del partido, también ha quedado en entredicho, al no haber podido articular una respuesta eficaz ante la pérdida de terreno.
La sensación general es que Junts ha perdido la iniciativa política. Durante años, Puigdemont fue el gran símbolo del separatismo más radical, pero su retorno al primer plano ha coincidido con una creciente desconexión con las nuevas prioridades de una parte del electorado soberanista, cada vez más centrado en cuestiones de identidad, control fronterizo y rechazo a los partidos del Estado. Orriols, por su parte, ha sabido explotar esa brecha con eficacia.
El riesgo para Junts es doble: por un lado, perder su papel de referencia en el separatismo más combativo; por otro, quedar atrapado entre dos fuegos, sin capacidad de seducir ni al votante pragmático ni al más radical. Mientras Puigdemont intenta redefinir su discurso en un contexto político cambiante, Orriols sigue creciendo a base de mensajes simples, directos y sin concesiones, que resuenan en una parte del soberanismo huérfano de liderazgo.
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