Hace unos años, junto a Daniel Pinto, mi compañero de batallas y uno de los hombres más valientes que he conocido jamás, decidimos adentrarnos en el que fuere el mejor barrio de Terrassa – con los mejores comercios y restaurantes de la ciudad – hoy convertido en un gueto islamizado donde impera la delincuencia y la sharia se ha impuesto a la libertad. Después de hablar con varios vecinos y comerciantes, de manera clandestina para evitar posibles represalias, no desoímos la llamada de auxilio que aquellos ciudadanos nos gritaron en silencio.
Hay historias que marcaron mucho mi decisión de encabezar el proyecto de VOX en mi ciudad.
Voy a comenzar hablando de María, una octogenaria que vive prisionera en la Plaza del Trabajo. Nos invitó a su pisito, pequeñito pero con ese encanto que sólo nuestras abuelas saben darle a todo lo que tocan. Entre lágrimas nos contó que no salía de casa, que cada tarde la plaza se llenaba de gentuza que se congregaba allí para pelearse y se divertían insultándola cuando ella salía al balcón a recriminarles sus actitudes violentas. El día anterior a nuestra visita le habían roto a pedradas el cristal de la ventana y tenía el brazo bastante amoratado por el impacto de una de las piedras. Le pregunté si la policía tenía conocimiento de lo que estaba sufriendo y me dijo que ya desistía de llamarles porque nunca acudían. Sobrevive resignada.
También recuerdo perfectamente la conversación que mantuvimos con Dolors, una autónoma con un pequeño comercio de utensilios de todo tipo y que veía con muchas dificultades seguir adelante con la tienda. No solo nos habló de la terrible inseguridad sino, también, de la asfixia fiscal que soportaba con unos impuestos desorbitados y abusivos, propio de los gobiernos de izquierda confiscatorios que padecemos. Se preguntaba cómo podía ser que a su alrededor se abrieran negocios, de dudosa actividad comercial, con unas facilidades que ella no había disfrutado. Sentía que sólo se le exigían obligaciones y que los derechos se les otorgaba a los demás. Dolors acabó cerrando su tienda.
Una tarde, en la conocida “plaza del cura” hablamos con Carmen, pensionista y vecina de toda la vida. Conversamos de cómo había cambiado “su” barrio. Nos contó, con profunda tristeza, que no reconocía el barrio que la vio crecer, que se sentía extranjera en su casa. Mientras las magrebíes tienen una media de 3/4 hijos (con ayudas sociales de toda índole de las que tú jamás te verás beneficiada), las españolas tienen el índice de fecundidad más bajo de Europa: 1,3 hijos por mujer. Así es como han solucionado nuestros gobiernos el “suicidio demográfico” e implantado el reemplazo poblacional que es más que evidente en Ca N’Anglada. Este fenómeno se produce cuando los nacidos de madres extranjeras son criados sin renunciar a la cultura de sus progenitores y las formas de vida de sus países de origen que nada tienen que ver con la nuestra, es decir, se sustituye nuestra civilización y los valores del humanismo cristiano – libertad, dignidad, solidaridad y fraternidad – por otros absolutamente antagónicos que acaban con nuestra identidad como pueblo.
Algo que nos impactó sobremanera fue la escuela pública “Antoni Ubach i Soler” en la calle Dr. Aymerich y Gilabertó. Pasamos por delante de la puerta y absolutamente todas las madres que esperaban la salida de sus hijos eran de origen extranjero, concretamente, magrebí. Pudimos hablar con alguna de las pocas familias autóctonas que, por cuestiones económicas no han tenido más remedio que escolarizar a sus niños allí, y todas coincidían en que el nivel académico es bajísimo porque “ni siquiera esos críos hablan español”. La segregación escolar tiene un impacto muy negativo en la calidad educativa que reciben los alumnos, aunque esto parece no importarles a los políticos que gozan de la educación privada.
Cuando paseas por las calles de San Damián o San Cosme no sabes si estás en Terrassa o en una ciudad de Irán o Afganistán. Allí no hay bancos de colores ni ves a personas del mismo sexo agarrarse de la mano en público viviendo su amor en libertad. Las chicas van cubiertas con velos obligatorios y caminan un paso por detrás de los hombres como marcan las leyes islámicas. Las terrazas de los bares son regentadas por varones con ausencia absoluta de mujeres que, a ciertas horas de la tarde, desaparecen como por arte de magia. Y por la noche existe, de facto, un toque de queda permanente donde los vecinos se refugian aterrorizados en sus casas porque comienza la hora de los navajazos e, incluso, los machetazos. Jamás habíamos vivido una tipología criminal de este calibre.
Es sorprendente que en el “Consell de Seguretat de Terrassa”, donde los mandos de Policía Municipal, Mossos D’Esquadra y la concejal de seguridad exponen los datos de criminalidad, se dijera que Ca N’Anglada es un barrio con un índice delincuencial bajo. Esto choca frontalmente con una noticia de esta misma semana que habla de un aumento de la criminalidad en Cataluña en un 5,6% respecto al año anterior (Ministerio del Interior) y sitúa el barrio de Ca N’Anglada entre los 20 barrios más peligrosos de España. ¿Por qué se empeñan las diferentes instituciones en maquillar y ocultar la realidad? Al principio os he hablado de María, la octogenaria que sobrevive en silencio a las bandas magrebíes y que no acude a la policía por miedo y resignación. Las estadísticas de las que presumen quienes nos gobiernan para decirnos que “Terrassa es una ciudad segura”, no reflejan la realidad de María y de tantos como ella, pero si preguntas a cualquier policía de campo, el que está sobre el terreno y no encerrado en un despacho, te dirá que Ca N’Anglada está perdida y que vamos camino de perder la ciudad si no frenamos el avance del islamismo.
El islamismo penetra en nuestra sociedad auspiciada por la ignorancia política que, bajo el manto de la religión, el multiculturalismo y la riqueza cultural, está abriendo la puerta de nuestra casa a una ideología criminal que atenta contra nuestros derechos y libertades. Una ideología misógina y homofóbica que colisiona con el relato feminista y el colectivo LGTBI. Una ideología que acaban padeciendo las familias más humildes a las que la clase política y mediocre, han condenado a supervivir en guetos donde impera la delincuencia. Una ideología que debemos combatir con valentía, firmeza y determinación.
Defendamos lo nuestro o será demasiado tarde.
Alicia Tomás, concejal de Vox en Terrassa.
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