Albert Gimó, Belén Luengo, Gonzalo Plaza y Júlia Laguna son 4 de los 100 estudiantes que han recibido una beca de la Fundación ”la Caixa” para cursar estudios de posgrado en el extranjero. Aun procediendo de disciplinas tan diversas como la biomedicina, las matemáticas, la astronomía y la ética aplicada, les une un mismo propósito: desarrollar una inteligencia artificial hecha por y para humanos, orientada al bien común.
Denominar como meteórica la irrupción de la inteligencia artificial (IA) no es ninguna hipérbole. En apenas unos años y a una velocidad difícil de digerir, esta tecnología ha pasado de los márgenes académicos al centro de nuestra vida cotidiana copando titulares, despertando pasiones y también levantando asperezas. Del mismo modo que ha propulsado la imaginación colectiva, ha acabado desatando algunos de sus temores más profundos.
Lo que comenzó como promesa de una nueva era —más eficiente, más interconectada, más sabia— ha mutado, en el imaginario popular, en la antesala de un colapso. Pero entre el ruido, la neurosis y el asombro surgen otras voces. Jóvenes, brillantes, comprometidas. Mentes que observan la IA no como un fin, sino como una herramienta con un potencial todavía inconmensurable, dependiendo de aquello que motive su despliegue.
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