Recordar la final de Glasgow, aquella cita mítica europea de 2007 invita, inevitablemente, a ponerse «blandito» y sentimental. Glasgow representó la culminación de muchos anhelos y esperanzas tras años de espera y la herida aún abierta de Leverkusen. Fue uno de esos viajes que se graban a fuego en la memoria, marcando un hito emocional para toda una generación.
Ver a miles de pericos inundando una gran urbe europea con sus camisetas blanquiazules fue una imagen imborrable. No estamos acostumbrados a esa sensación de conquista y hermandad fuera de nuestras fronteras. Aquella experiencia demostró la magnitud real de nuestra masa social cuando el equipo nos permite soñar a lo grande.
La ilusión por levantar el trofeo era desbordante en las horas previas al pitido inicial. Como sucede a menudo en las grandes citas, el prepartido superó en emociones y alegría al propio encuentro. Fue una comunión perfecta entre equipo y afición que convertía cada rincón de Escocia en un pedazo de nuestro club.
La final resultó agridulce, marcada por un esfuerzo titánico de unos jugadores que estuvieron a la altura de la historia. El desenlace en la tanda de penaltis fue un golpe doloroso, pero la entrega del bloque dejó un poso de orgullo innegable. Perder así, luchando hasta el último aliento, forma parte de nuestra mística de resistencia.
Estamos tan acostumbrados al sufrimiento que incluso una derrota en una final se recuerda con un cariño especial. Esa etapa contrasta drásticamente con la realidad de los últimos años, donde celebramos ascensos y triunfos agónicos por la mínima. Hemos pasado de soñar con la cima europea a aplaudir la supervivencia en nuestro propio estadio. Es una diferencia de contexto que nos obliga a reflexionar sobre la ambición que el club debe recuperar.
Ojalá la buena marcha de esta temporada sea el primer paso para estabilizarnos y mirar de nuevo hacia arriba. El objetivo final debe ser volver a Europa para reeditar noches mágicas como la de Glasgow. Merecemos volver a sentir ese orgullo internacional y soñar, de una vez por todas, con levantar un título continental.
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