El fútbol femenino irrumpió con la promesa de ser una bocanada de aire fresco en el deporte. Se vendió como la alternativa a los vicios enquistados en el fútbol masculino: la violencia, la falta de respeto, los egos desmesurados y la toxicidad en el terreno de juego. Pero la realidad está mostrando que la profesionalización no es garantía de pureza. Lo sucedido en el derbi entre el RCD Espanyol y el FC Barcelona lo deja claro: los valores que debían diferenciar al fútbol femenino se desmoronan cuando el comportamiento de las jugadoras se parece peligrosamente al de aquellos a quienes pretendían superar.
Los equipos profesionales tienen una responsabilidad que va mucho más allá de ganar partidos o levantar trofeos. Son referentes, espejos en los que se miran miles de niños y niñas que sueñan con pisar el césped y vivir de su pasión. Lo que ven en la élite es lo que replican en las categorías base. Cuando un profesional cruza la línea del respeto y la integridad, el fallo no es solo suyo, sino doble: traiciona la esencia del deporte y rompe con el ejemplo que debería transmitir.
El problema no es solo el acto en sí, sino la respuesta institucional y mediática que lo rodea. En el fútbol femenino, como en el masculino, hay equipos de primera y de segunda, no solo en la clasificación deportiva, sino en el trato que reciben. En Cataluña, esta brecha es aún más evidente: el Barça, con su influencia mediática e institucional, goza de una protección que no tienen otros clubes, como el Espanyol. Cuando una jugadora del equipo más poderoso protagoniza una acción polémica, el debate se difumina entre justificaciones, versiones edulcoradas y comunicados calculados. Si los hechos hubieran sido a la inversa, la condena habría sido inmediata y sin matices.
De hecho, estoy segura de que si la agresión hubiera sido al revés, en el Parlament de Cataluña no habrían tardado algunos grupos parlamentarios en aprobar una declaración institucional condenando el comportamiento de la jugadora. Pero, al ser la protagonista una futbolista del Barça y la víctima una jugadora del Espanyol, podemos esperar sentados a que eso ocurra. Es más, si hubiera sido al revés, hasta habrían clausurado el estadio del Espanyol durante varios partidos, con titulares incendiarios y una persecución implacable.
Estoy harta de que en Cataluña haya ciudadanos y equipos de primera y de segunda. Es una pena, porque Cataluña somos todos, no solo los aficionados al Barça. El fútbol femenino no puede permitirse caer en los mismos errores que ha criticado del masculino. Si realmente quiere ser un modelo distinto, debe empezar por asumir que el respeto no puede depender del escudo que se lleva en el pecho. La deportividad no es solo un lema para campañas institucionales; es un compromiso con quienes miran desde las gradas, con quienes entrenan en campos de tierra soñando con llegar a la élite.
Si los equipos más grandes no son capaces de dar ejemplo, si el respeto se convierte en una cuestión de poder mediático, entonces el problema no es del fútbol femenino o masculino: es del fútbol profesional en su conjunto. Y ahí, todos perdemos.
NOTA DE LA REDACCIÓN: elCatalán.es necesita su apoyo, en este contexto de grave crisis económica, para seguir con nuestra labor de defensa del constitucionalismo catalán y de la unidad de nuestro país frente al separatismo. Si pueden, sea 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí.
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.



















