El Real Club Deportivo Espanyol afronta este miércoles una de las citas más dramáticas de su historia reciente. El RCDE Stadium recibe al Athletic Club a las 19:00 horas, un horario infame para un día laborable que parece diseñado para vaciar las gradas. Sin embargo, el club blanquiazul no puede permitirse el lujo de la ausencia; el descenso es una amenaza real que ya respira en la nuca de la plantilla.
La situación deportiva es, sencillamente, insostenible para un club de esta categoría. Tras encadenar dieciocho partidos sin conocer la victoria, el equipo se encuentra a tan solo dos puntos de la zona de descenso a falta de tres jornadas. El margen de error se ha evaporado por completo tras meses de una gestión errática y un juego que ha rozado la desidia en tramos clave de la temporada.
El análisis futbolístico es demoledor y deja poco lugar a la esperanza táctica. La falta de solidez defensiva ha sido una constante sangrienta que ha regalado puntos a rivales directos durante todo el curso. Si a esto le sumamos una alarmante falta de puntería ante la portería contraria, el resultado es la crónica de un desastre anunciado que solo la grada puede frenar.
Manolo González, el técnico encargado de pilotar esta nave a la deriva, no ha logrado revertir la situación. Su gestión no despierta la confianza del socio, y las críticas hacia su planteamiento son tan lógicas como fundamentadas. La sensación de que el banquillo le queda grande al proyecto está muy extendida entre una afición cansada de promesas incumplidas y experimentos fallidos.
Pese a todo, este miércoles no es el día para los reproches ni para las facturas pendientes con la directiva. El espanyolismo debe entender que, por encima de nombres y de gestores mediocres, está la supervivencia de la institución. Mal que nos pese, Manolo González es lo que tenemos hoy, y es a esa tabla de salvación a la que debe agarrarse el club para evitar el naufragio.
La grada debe compensar las carencias de unos jugadores que parecen bloqueados por la presión del escudo. El RCDE Stadium tiene que ser un hervidero capaz de empujar el balón cuando las piernas de los profesionales fallen. El apoyo incondicional durante los noventa minutos es la única herramienta que queda en el arsenal de un equipo que ha perdido la brújula futbolística.
Es evidente que el horario es un obstáculo más en una temporada llena de piedras en el camino. Pedirle a un trabajador que corra desde su puesto hasta Cornellà un miércoles a media tarde es un sacrificio considerable. Pero el sentimiento perico siempre se ha forjado en la adversidad y en la resistencia contra los elementos más hostiles.
El Athletic no vendrá a hacer concesiones ni a participar en la fiesta de la salvación ajena. Los leones son un bloque compacto que castigará cualquier duda defensiva de un Espanyol que suele desangrarse por errores propios. Por ello, el ambiente debe ser de tal intensidad que minimice el miedo escénico que atenaza a los jugadores locales desde hace semanas.
Si el estadio no se llena, el mensaje que se enviará al campo será de rendición anticipada. La afición es el único activo que no ha fallado en este periplo por el desierto, y ahora se le pide un último esfuerzo heroico. No se trata de aplaudir una gestión nefasta, sino de proteger un patrimonio que pertenece a sus socios y no a quienes dirigen los despachos.
Quedan tres finales y la primera se juega este miércoles con el corazón más que con la cabeza. Al terminar el partido habrá tiempo para pedir responsabilidades y exigir un cambio de rumbo profundo en la entidad. Pero ante el Athletic solo valdrá el rugido de Cornellà para evitar que el Espanyol caiga al pozo de la Segunda División.
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