Media España se sentó frente al televisor con el cuenco de patatas fritas listo para celebrar una goleada y terminó buscando en Google dónde demonios está Cabo Verde. Lo que prometía ser una tarde de gloria en el debut del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá se convirtió en un quiero y no puedo que ha dejado al país con el cuerpo cortado y cara de circunstancias.
La vida del aficionado al fútbol está llena de rituales inamovibles, y el debut mundialista es el rey de todos ellos. Es ese día donde nos volvemos repentinamente expertos en táctica, criticamos la alineación del seleccionador como si tuviéramos tres Champions en el palmarés y nos convencemos de que este año sí, este año nos comemos el mundo. Sin embargo, Luis de la Fuente decidió agitar el avispero dejando en el banquillo a Lamine Yamal y Nico Williams, las dos joyas de la corona, metiendo a Gavi en un once que, para qué engañarnos, arrancó con poco ritmo.
El partido contra los llamados ‘tiburones azules’ fue el equivalente futbolístico a intentar abrir un bote de conservas sin abrelatas. Al principio te lo tomas con calma, luego te pones nervioso y, al final, terminas pidiendo la hora por miedo a cortarte. España dominaba el balón con esa parsimonia tan nuestra, pase al pie, pase atrás, mientras los caboverdianos montaban una muralla humana que ni la de Ávila en sus mejores tiempos.
Los únicos brotes verdes de la primera mitad llegaron cuando el árbitro ya miraba el reloj para enfilar el túnel de vestuarios. Fue entonces cuando a Ferran Torres le dio por recordar que es delantero y mandó un balón al larguero que hizo saltar los sofás de tres millones de hogares. Poco después, el portero rival, un señor llamado Vozinha que ayer decidió convertirse en superhéroe, le sacó otra mano milagrosa al propio Ferran y un cabezazo a Laporte que ya cantábamos como gol entre trago y trago de cerveza.
El fútbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan once contra once y siempre nos toca sufrir contra el rival más inesperado. La segunda parte avanzaba con el mismo ritmo caribeño y la paciencia del espectador español se iba agotando a la velocidad de la luz. En estos partidos de máxima tensión costumbrista, el salón de casa se transforma: el que estaba sentado se pone de pie, el optimista se vuelve cenizo y el perro se esconde debajo de la mesa intuyendo la catástrofe. Hacía falta un milagro, o al menos alguien que se atreviera a hacer algo diferente en lugar de tanto pase horizontal que solo sirve para adormecer a las ovejas.
Y entonces, en el minuto 71, Luis de la Fuente escuchó las plegarias de cuarenta y siete millones de seleccionadores nacionales frustrados y dio entrada a Lamine Yamal. El chaval del Barça entró al campo con la frescura de quien va a jugar una pachanga con los amigos del instituto y, de repente, el partido se encendió. Empezó a encarar, a desbordar y a inventar espacios donde antes solo había piernas de defensas de Cabo Verde, devolviéndole la fe a una afición que ya veía el drama a la vuelta de la esquina.
A pesar del arreón final, con una ocasión de Mikel Merino que atrapó el portero y un remate de Oyarzabal que se envenenó tras tocar en un defensa, el marcador no se movió del maldito cero a cero inicial. La gesta histórica se la llevaron los chicos de Cabo Verde, que celebraron el empate como si hubieran ganado la Copa del Mundo en pleno Atlanta, mientras los jugadores españoles se retiraban con la cabeza baja y la sensación de haber suspendido el primer examen del año por exceso de confianza. Vozinha fue escogido el jugador más valioso del partido. Decisión muy justa.
Ahora nos toca hacer lo que mejor se nos da en este país: debatir, exagerar y buscar soluciones mágicas en la barra del bar de abajo mientras nos tomamos el café de la mañana. No pasa nada, la fase de grupos es larga y esto no es cómo empieza, sino cómo termina. Eso sí, para el próximo partido contra Arabia, por el bien de las coronarias de toda la nación, esperemos que los goles entren pronto y no tengamos que volver a aprender geografía a base de sustos futbolísticos.
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