La política exterior del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, atraviesa uno de sus momentos más cuestionados desde que llegó a La Moncloa. A pesar de los intentos del Ejecutivo por proyectar una imagen de liderazgo internacional, la realidad muestra una España cada vez más irrelevante en los grandes debates globales. Las decisiones erráticas, los cambios de postura sin consenso y una diplomacia marcada por la improvisación han hecho que nuestro país pierda peso en los principales foros multilaterales.
La pérdida de influencia se evidencia en las escasas menciones a España en el tablero geopolítico europeo. Mientras otras potencias median en conflictos, lideran estrategias comunes o fijan posiciones claras sobre temas clave, el Gobierno de Sánchez se ha mantenido en un segundo plano, priorizando gestos simbólicos sobre acciones concretas. La ausencia de una política exterior coherente ha debilitado las alianzas históricas y ha generado desconfianza entre nuestros socios tradicionales.
Uno de los ejemplos más significativos ha sido la gestión del conflicto en el norte de África. La sumisión del Ejecutivo con respecto a la postura marroquí en el Sáhara Occidental, su sumisión a los intereses marroquís y su enfrentamiento con el Frente Polisario ha sido un giro sin explicar en la tradicional política exterior española. Lejos de consolidar una posición firme, Sánchez ha optado por maniobras de dudosa transparencia que han deteriorado las relaciones con Argel y sembrado dudas sobre la fiabilidad de España como socio estratégico.
En el ámbito europeo, la posición española también ha perdido protagonismo. La voz de España en Bruselas ha sido débil frente a los grandes debates económicos y migratorios, con una participación limitada y tardía. Mientras Francia, Italia y Alemania marcan la hoja de ruta, España apenas consigue mantener un papel secundario. La oportunidad de ejercer un liderazgo regional en el sur de Europa ha sido desaprovechada por la falta de visión y peso político del actual Gobierno.
A nivel iberoamericano, tradicional bastión de la diplomacia española, la situación no es mucho mejor. El deterioro de las relaciones con algunos países de América Latina como Argentina, la falta de estrategia común con la Unión Europea y la actitud pasiva ante crisis democráticas como las de Venezuela o Nicaragua han contribuido a un distanciamiento progresivo. España ya no es vista como un interlocutor relevante en la región, sino como un actor desdibujado y poco fiable.
Los constantes viajes internacionales de Pedro Sánchez, lejos de traducirse en avances diplomáticos, han sido percibidos como maniobras de marketing político. Muchos de esos desplazamientos han carecido de resultados tangibles, alimentando la percepción de un presidente más interesado en la imagen exterior que en los logros concretos. La política exterior se ha convertido en un escaparate, más preocupado por la fotografía que por la estrategia de Estado.
Tampoco ha ayudado la inestabilidad interna y la dependencia parlamentaria de socios con agendas contrarias a los intereses exteriores del país, como Bildu, Podemos, Sumar o ERC. Recordemos que el líder de ERC, Oriol Junqueras y la futura candidata a la presidencia del Gobierno por Podemos, Irene Montero, son miembros del Grupo de Puebla, lobby ultraizquierdista visto con recelo por las grandes potencias occidentales. El principal aliado de Sánchez en el PSOE, el ex presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, también es miembro de dicho grupo.
Esta situación ha condicionado decisiones clave en política internacional, generando contradicciones y mensajes confusos. La falta de una voz unificada y de una política exterior de Estado ha hecho que la imagen de España en el exterior se vea como poco seria y predecible. El radicalismo de Sánchez en los ataques a Israel frente a Hamás ha acabado con el papel de España como tradicional mediador en los conflictos en la zona.
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