Entrevista a Iñaki Ezkerra: “Una España plurinacional garantizaría la continuidad del ‘procés”

El escritor y periodista vasco, Iñaki Ezkerra.

Articulista en ABC y El Correo, Iñaki Ezkerra (Bilbao, 1957) fue uno de los fundadores del Foro Ermua y es autor de ensayos como Los totalitarismos blandos o el reciente La voz de la intemperie (Ipso Ediciones), sobre la figura Pio Baroja. En conversación con nuestro diario, el autor vasco lamenta los disturbios en Barcelona pero le inquieta más que los nacionalistas impongan multas a los que rotulan en español o pisoteen la legalidad constitucional en el parlamento catalán.

Usted publicó un ensayo en 2016 muy crítico con Podemos y los nacionalismos. ¿Cómo valora el pacto que ha alcanzado el PSOE con el partido de Iglesias?

Como un ejercicio circense similar al de la moción de censura a Rajoy apoyándose en los enemigos declarados del sistema. De ahí sólo puede salir una legislatura que sea un triple salto mortal con aterrizaje sobre el alambre. No estamos ante el Frente Popular, ni ante un cambio de Régimen, ni ante el suicidio de España, ni ante la Revolución Bolchevique. Estamos ante un ridículo internacional como el de Zapatero, que nos hará más mundialmente frikis, más pobres, más entrampados y menos fiables.

El mero hecho de que los de Esquerra Republicana se hagan los duros pero exijan a la hora de la verdad una vaga, inconcreta y vaporosa mesa de negociación para abstenerse en la investidura indica que no están en un programa de máximos sino que han entendido la situación precaria de Sánchez y que andan a ver qué pillan, qué pueden sacar de esa precariedad. No tienen nada que perder. Y aunque no ganaran el indulto de Junqueras ni el referéndum, lo que sacarán, seguro, es el deterioro de la imagen de España, que para un nacionalista siempre es un motivo de alegría.

Por su parte, Iglesias ha ofrecido a Esquerra Republicana una España “plurinacional” si gobierna Sánchez. ¿Sería un Estado plurinacional mejor que el actual?

Sería un remedio peor que la enfermedad; una garantía de continuidad para el desafío secesionista en Cataluña y un buen estímulo para reactivar el secesionismo vasco, que no descansa y que —no lo olvidemos— anda trasegando con un nuevo Estatuto que contempla el derecho a la autodeterminación. No es muy inteligente pensar que el independentismo se vaya a echar atrás si ve que se está moviendo la puerta hacia la independencia.

En ese terreno, Sánchez quiere practicar la prestidigitación verbal, jugar con las palabras. Lo vimos en el debate electoral cuando dijo que “la nación de naciones” está en la Constitución. Lo que está en el artículo 2 del Título Preliminar de la Constitución es una alusión a las “nacionalidades”, que es un término que se reinventó con un nuevo significado en la redacción de la Carta Magna y que la RAE tuvo que redefinir a remolque de ésta como “comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural”. Como los nacionalistas siguieron con celo vigilante esa redacción del texto constitucional saben muy bien la diferencia entre nación y nacionalidad, aunque juegan a confundir ambas como hizo Sánchez. El problema es que Casado se dejó colar ese malentendido en el debate, quizá porque pensó que matizar conceptos le quitaba votos o quizá porque desconocía esa diferencia. Así estamos.

En un artículo reciente señalaba a Vox como una “derecha de cartón piedra que se ha olvidado de sí misma”. ¿A qué se refería?

En ese artículo recordaba que la derecha española anterior a la Guerra Civil fue autonomista por todos sus lados, pues el foralismo está en la tradición carlista y en la liberal, mientras la izquierda era centralista por su igualitarismo. La guerra lo cambió todo. Invirtió los papeles. Prieto se hizo autonomista por intereses, por ganarse al PNV para el bando republicano, y la derecha autonomista se fue con Franco, que trajo un modelo centralista, jacobino, al estilo francés, con la excepción de los fueros alaveses y navarros que eran una deuda de guerra.

Vox parece creer que el Concierto Económico es una conquista del PNV y no del fuerismo liberal. Ha comprado la versión del PNV. Y cree también que no hay más derecha que la franquista, la centralista. Vox es una derecha artificial, sin memoria, tan ignorante como la izquierda de Zapatero, de Sánchez o de Iglesias. Es un cóctel de populismo posmoderno en el que cabe todo lo que ellos creen que funciona del modo más superficial. Vox te mezcla a don Pelayo con el muro mexicano de Trump en versión ceutí o melillense; el sueño del Tea Party de una sociedad armada hasta los dientes con la Tizona del Cid, el falangismo fashion con la discoteca berlusconiana y los escapularios carlistas con el racismo lepenista… Su concepto de hispanidad no es de Maeztu sino de Instagram.

Me preocupa el empeño que tienen algunas gentes del constitucionalismo de sacarle la cara a Vox, de insistir en que no es tan peligroso como Podemos. La cuestión no está en quién es más peligroso. Salvando todas las distancias, esa actitud me recuerda a los que miraban con indulgencia al movimiento abertzale en la Transición y decían que era peor el búnker franquista. Hay algunos que, en cuanto ven un monstruo asomando por el horizonte, les dan ganas de abrazarlo.

Según el analista Manuel Toscano, el derecho a la secesión es muy difícil de justificar en una democracia. ¿Lo suscribe?

No es tanto un problema de democracia como de Historia. El nacionalismo irlandés nació de la pobreza, el hambre, las expropiaciones, las derrotas bélicas, la arrogancia de los desfiles orangistas en Derry, la negación de derechos básicos contemplados en la Carta Universal hasta tiempos insólitamente recientes. Todavía en 1968 el Movimiento por los Derechos Civiles en Irlanda del Norte tuvo que pedir “un hombre, un voto” porque los católicos tenían un voto por cada domicilio en las elecciones.

Por el contrario, el nacionalismo catalán, como el vasco, nacen de la riqueza, el auge industrial, el reconocimiento y la integración en la nación española. Por otra parte, el derecho a la secesión se puede reclamar en casos de colonialismo aunque la potencia colonizadora goce de un sistema democrático.

El PSC se ha abierto a debatir en un próximo congreso una “flexibilización” de la inmersión lingüística que se aplica en la escuelas catalanas. ¿Apoya la iniciativa?

La inmersión lingüística, que el PSC ha apoyado durante cuarenta años en Cataluña, es inconstitucional. Que a estas alturas inicien una rectificación y una reivindicación de la enseñanza bilingüe es positivo. Más vale tarde que nunca, pero no es como para aplaudirles ni para echar cohetes.

El director de TV3, Vicent Sanchis, ha asegurado que su equipo hace “una televisión pública para todos”. ¿Cree que es cierto?

Eso me recuerda al chiste que hizo Perich en los años 70 cuando dijo aquello de la “Televisión Española es la mejor televisión de España”. Sanchis es un humorista que no sabe que lo es.

Pese a que Torra podría ser inhabilitado por no retirar lazos amarillos de la Generalitat, los separatistas siguen defendiendo que la exhibición de dichos símbolos en instituciones públicas es “libertad de expresión”. ¿Es un argumento sólido?

El campo de aplicación y desarrollo de cualquier derecho no es infinito. La libertad de expresión, como derecho que es, tiene sus límites, como todos los derechos. Los límites de un derecho están en que no colisionen con los derechos de los otros. Todo el mundo tiene derecho a comer pero no a zamparse la comida del vecino. Esto es algo obvio, básico, elemental. Antes que una cuestión de legalidad, es de simple lógica. Es el catón de la conducta humana y de la convivencia.

Un manifiesto reciente, firmado por intelectuales como Chomsky o Zizek, pide que deje de “judicializarse el conflicto catalán” y que se adopte con urgencia una “solución política”. ¿Está de acuerdo con su planteamiento?

Chomsky y Zizek se llevan a matar. El primero es un libertario antihegeliano y el segundo un hegeliano que parafrasea mal a Marx aunque se intente apartar de él. Cuando hace unos años le preguntaron a Chomsky sobre lo influyente que era Zizek, respondió que lo que eran influyentes eran “sus poses y sus posturitas”. Creo que eso se podría decir de los dos en sus pronunciamientos frívolos sobre el secesionismo catalán. De Chomsky, por cierto, hace un retrato muy divertido Tom Wolfe en El reino del lenguaje. Lo recomiendo. Yo me siento más cerca de Tom Wolfe que de esa pareja aburrida de momias.

Mientras para los constitucionalistas la fractura social en Cataluña es evidente, para los separatistas esta división no existe. ¿A quién debemos creer?

En Cataluña es obvia no ya la fractura social sino la de tibia y peroné de más de un constitucionalista, que es todavía más dolorosa. Pero el asunto más grave no es ése. Aunque no hubiera discrepantes ni disidentes, el nacionalismo catalán es impresentable precisamente por su carácter uniformador y monolítico. El nazismo no dejo de ser “nazi” porque la mayoría de los alemanes se adhirieran a él. Aún diría más: lo de Cataluña sería aún más terrible si todos estuvieran de acuerdo.

¿Y qué receta aplicar para afrontar dicha fractura?

La de siempre. La aplicación de la legalidad sin cálculos tacticistas. Donde no se aplica la Ley, el delito crece. Si en Zaragoza o en Vitigudino no se penalizara la violación, esos lugares se convertirían en centros de peregrinación de todos los violadores de Europa. Empecemos por ahí, por aplicar la Ley sin trampas. A eso habría que añadir una evidente mejora del Código Penal que lo adapte al presente y que elimine todas las ambigüedades, las ventanas y las fisuras que aprovechan los enemigos de la democracia con un buen asesoramiento jurídico. ¿Qué pasa, que todo un sistema democrático no puede hacer como ellos? ¿No puede “contratar” a los mejores juristas y legisladores?

A eso se añade una mínima pedagogía política y periodística. Hay gente que ha necesitado ver hogueras en las calles de Barcelona para reaccionar ante la ofensiva secesionista. En el País Vasco pasó algo parecido. Había gente a la que no le impresionaron un millar de asesinatos, pero de repente veía una papelera ardiendo en su calle y eso le parecía la repanocha. Aún me acuerdo del grito en el cielo que puso Anasagasti porque su madre se había quedado atascada en un autobús cercado por los jarraitxus, los alevines de ETA. Los mil muertos no importaban, pero a su madre que no se la tocasen.

A mí no me impresionó nada la sanjuanada barcelonesa de este pasado octubre. Lo he visto cientos de veces en el País Vasco. No me impresionaron los grititos de “¡Está ardiendo la plaza de Urquinaona!” Como si viviéramos en la Roma de Nerón y no hubiera un buen cuerpo de Bomberos. Pues si arde la plaza de Urquinaona, se llama a los bomberos y tema zanjado. A mí lo que me horroriza es que arda o se convierta en papel mojado la legalidad constitucional en los sesiones del Parlamento Catalán, en los pronunciamientos oficiales, en las multas de las instituciones catalanas a los rótulos de los comercios en castellano, en las visitas a las casas de los ciudadanos que hacían los fascistas de “la revolución de las sonrisas”…

Se ha centrado en las medidas legales, en las pedagógicas… ¿Y las políticas?

Políticamente, un inicio de la solución sería el famoso pacto de legislatura del PSOE con PP y Ciudadanos. Estos dos últimos partidos deberían formularlo explícitamente aunque sólo sea para llevarse calabazas de Sánchez y ponerlo contra las cuerdas, o sea para que no pueda decir que no tuvo otra salida. Todo eso sabiendo que es muy difícil que el PSOE renuncie a marcar distancias con la derecha en el tratamiento del desafío secesionista. Y no sólo por Sánchez y por el peso de Iceta sino porque en todo ese partido esas distancias contemporizadoras con los nacionalismos forman una cultura sectaria de muchos años.

 Por Óscar Benítez

Twitter: @Oscar_Benitez_


‘Equidistantes exquisitos’ es el último libro de Antonio Robles, un ensayo que constituye, en palabras del economista Félix Ovejero, “un inventario del paisaje humano que allanó el camino a la locura nacionalista”. Cuenta con un prólogo del dramaturgo Albert Boadella. El PVP del libro es de 17 euros. Si desean pagar por tarjeta o paypal pueden hacerlo en este enlace del módulo de pago. Sigan los siguientes pasos: Pongan en el recuadro en blanco ("donaré”) el importe correspondiente al número de ejemplares que deseen (17 euros, si quieren uno; 34 euros, si quieren dos, y así sucesivamente). Pongan solo el número, no pongan la palabra “euros”. Sin añadir nada más hagan clic en el botón "donar". A continuación, le saldrá otra pantalla en la que le pedirán datos y pongan en el recuadro "información adicional" la siguiente información: "Libro Robles" y su dirección, código postal y un correo electrónico válido. Ha de escoger si quiere pagar por tarjeta de crédito o por paypal. Y luego dele a "realizar el pedido". Otra forma de adquirir el libro es escribiendo un correo a [email protected] y se les informará de otras formas de pago. El libro tardará unos 15 días, debido a la reducción del servicio de Correos. Si tienen dudas escriban al correo antes indicado.

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