Entrevista a Alejandro Molina: “La izquierda de Ada Colau se comporta como una opción nacionalista”

Alejandro Molina

Alejandro Molina es abogado y ha colaborado en medios como El País, Crónica Global o el propio El Catalán. En esta ocasión, Molina ha respondido a nuestras preguntas sobre la evolución de Ciudadanos, las diferencias entre Torra y Abascal o la legitimidad del derecho a decidir.

En un artículo reciente, Javier Cercas resaltaba la incompatibilidad entre la izquierda y el nacionalismo. ¿Tiene razón?

Si por izquierda entendemos un planteamiento que postula la supresión o atenuación de las desigualdades sociales y garantizar la igualdad entre los ciudadanos — en la medida en que los hombres no son diferentes entre sí por un hecho natural ni inevitable—, es evidente que cualquier planteamiento que introduzca elementos de desigualdad entre ellos por razones identitarias es incompatible con el pensamiento de izquierdas, que de suyo es internacionalista. A mí lo que me asombra es que Cercas haya tardado 40 años en enterarse de esto.

El mes pasado, un grupo de madrileños organizó una manifestación en la capital a favor del “derecho a decidir”. ¿Existe este derecho?

Las ciudades con grandes núcleos de población tienen la virtud de proveer de grupos humanos e ideológicos de lo más variopinto, que disfrutan afortunadamente de libertad de manifestación, sin que ello dé legitimidad a todos los “derechos” que reivindican. El derecho a decidir es un sintagma vacío. ¿A decidir qué? Esa expresión sirvió un tiempo al separatismo como eufemismo del derecho a la autodeterminación. Hoy es un eslogan agotado, el nacionalismo postula ya un inexistente derecho de autodeterminación de Cataluña, que no puede invocarlo pues ni es colonia ni se vulneran derechos de minorías de ningún tipo en esa región dotada de autogobierno.

Pese a la división existente en la sociedad catalana, el secesionismo sigue recurriendo a proclamas unanimistas como “Un sol poble” o “Els carrers serán sempre nostres”. ¿Cómo se explica?

El mito un sol poble en Cataluña sirvió, no sólo al secesionismo, sino también al catalanismo y al socialismo catalán, para vender a la población procedente de otras partes de España que para ser aceptada allí había de “cohesionarse”; eufemismo que equivalía que decir que debía renunciar a su españolidad, empezando por su lengua. Quien habla de un sol poble, es porque entiende que sólo existe una forma de ser catalán: la que resulta incompatible con la circunstancia de ser a la vez español. Lo de “Els carrers serán sempre nostres” me parece un inmejorable reconocimiento de su ideología totalitaria, se lo copiaron al Fraga más agreste: “La calle es mía”.

En opinión del escritor Gregorio Morán, entre Quim Torra y Santiago Abascal apenas hay diferencias. ¿Lo comparte?

Pues mire, aunque ambos comparten planteamientos donde las supuestas esencias identitarias del pueblo informarían sus respectivos programas, alcanzando al gusto común por el incienso, los purpurados y un ruralismo völkisch yo sí veo una diferencia importante entre ambos. Abascal propugna reformas de discutible encaje constitucional, pero no ha incurrido para su imposición en ninguna ilicitud. Por contra, el señor Torra, desentendiéndose del encaje constitucional de sus propuestas, se pasa el día diciendo que éstas están por encima de la Constitución y las leyes, al punto que a día de hoy está procesado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña por un delito de desobediencia.

Recientemente, tanto la portavoz del Govern, Meritxell Budó, como el nuevo presidente de la Cámara de comercio, el empresario separatista Joan Canadell, han mostrado reticencias a responder a la prensa en castellano. ¿En qué medida el conflicto en Cataluña es un conflicto lingüístico?

Qué duda cabe que todos los movimientos nacionalistas necesitan de unos elementos identitarios que sirvan para decantar unas supuestas diferencias, que, dentro de una misma comunidad político-territorial compartida, separarían a unos individuos de otros haciendo imposible —desde su punto de vista— el convivir, decidir y distribuir dentro de esa misma comunidad; por eso aspiran a separarse de ella.

En España, la sana dilución histórica de cualquier diferenciación racial y hasta religiosa, ha hecho que en la lengua haya encontrado el nacionalismo su elemento diferenciador. En puridad, no ha habido nunca en Cataluña un “conflicto lingüístico” entre ciudadanos. Ha sido el poder en manos nacionalistas quien ha tratado de crear la frustración colectiva de que no es compatible vivir en la doble condición lingüística de español y catalán, planteando siempre la parte española como algo problemático.

El expresidente Zapatero ha repetido que la sentencia del Estatut está en el origen del procés. ¿Es así?

La sentencia del Tribunal Constitucional —que esencialmente reinterpretó varios artículos y anuló pocos— se dictó en el verano de 2010, y en la Diada de septiembre de ese año hubo unas 14.000 personas. En la Diada de 2011, hubo menos aún, 10.000 personas. Entre la Diada de 2011 y en la de 2012, se produce el salto cuantitativo: de 10.000 personas al supuesto millón que difundía en TV3 de la “Vía Catalana”. ¿Qué hubo entre sentencia y la “Vía Catalana”? Pues la gran crisis económica que permitió al gran recortador que fue Artur Mas pasar, de tener que llegar en helicóptero al Parlament, a ponerse al frente de la manifestación contra “Madrid” como origen de todos los males.

De ese secesionismo pragmático o económico, desmentido también por los datos, hemos pasado al sentimental, que es el que alimenta hoy el procés. Zapatero no es hombre que se sienta cómodo en el contexto de los datos; él mismo, tras su cese, definió su destino como el de “supervisor de nubes”; la doctrina del Tribunal Constitucional sobre el Estatut es bastante concreta, nada gaseosa… quizá por eso no sea su fuerte.

Ada Colau, además de volver a colgar el lazo amarillo en el Ayuntamiento de Barcelona, ha permitido una campaña de Òmnium en los autobuses a favor de la secesión. ¿Cómo valora la postura de la nueva izquierda en el asunto catalán?

La autocalificada como izquierda de Ada Colau es una opción nacionalista en su comportamiento sean cuales sean sus enunciados programáticos. No te puedes jactar de haber votado por la independencia en el primer simulacro de autodeterminación del 9-N, volverlo a hacer en el referéndum delincuencial del 1-O, anunciar públicamente que el ayuntamiento que diriges colaborará con los actos prohibidos del 1-O, legitimar y enaltecer antes y después a sus protagonistas, y, a la vez, mantener con una sonrisa que no eres nacionalista ni separatista. ¿Es menos malo para la convivencia que adentrarse en el ilícito penal? Pues sí, pero no delinquir contra la Constitución no te convierte en constitucionalista.

Desde ciertos sectores, se acusa a los partidos más críticos con el secesionismo —PP y Ciudadanos— de “vivir del conflicto”. ¿Es una crítica justa?

Los sectores a los que usted alude llevan 40 años viviendo —presupuesto público mediante—de crear un conflicto donde no lo había, pues en eso consiste el nacionalismo: en crear un problema entre ciudadanos que antes no existía para luego ofrecerse como solución. Para eso se construye una identidad incompatible con otra, pues si hay que construirla es que antes no existía. Si hay opciones políticas que se oponen a ello no es muy honesto decir que son éstas las que viven del conflicto.

Son muchos los que denuncian el “giro a la derecha” de Ciudadanos. Sin embargo, el New York Times ubica a este partido como uno de los más centrados del mundo. ¿Cómo valora la evolución de este partido?

A mí no me gustó en su día que Ciudadanos cambiara estatutariamente su ideario eliminando la alusión a la socialdemocracia, porque los partidos no son una marca de ropa que deba ir pensando en los colores de temporada. Pero eso no ha sido ningún secreto, y en lo económico es un partido liberal con inquietudes sociales de las que nadie ha abjurado. ¿Puede afirmarse un sólo cambio en su política respecto de moral y costumbres? ¿Se ha vuelto homófobo o machista? ¿Propugna la criminalización del aborto? ¿Es “derechización” exigir que se cumplan las sentencias en Cataluña en materia lingüística o de neutralidad de las instituciones o que se recurran los actos inconstitucionales e ilegales de una Administración? Sinceramente, no lo veo.

En cuanto al New York Times, es un medio que, diga lo que diga de Ciudadanos, carece de los más básicos elementos de juicio para opinar sobre lo que ocurre en España. No es un problema concreto de ese medio, sino del periodismo en general, pero ese es otro tema.

¿La solución al conflicto catalán pasa por dialogar con el nacionalismo o por combatirlo?

El diálogo, tal y como lo concibe el nacionalismo, consiste en comenzar una negociación cuyo objeto exclusivo es delimitar la longitud del paso atrás que ante él han de dar los principios constitucionales de igualdad de los españoles y entre comunidades autónomas. Es una negociación unidireccional donde uno exige y el otro concede.

En cuanto a combatirlo, si el separatismo se adentra en lo ilícito para la consecución de sus fines, no es que sea una opción combatirlo, es que es una obligación del Estado de Derecho. Si no entra en ese terreno, hay que combatirlo moralmente, claro que sí: al nacionalista le tendría que dar vergüenza afirmar lo que afirma y en qué lo funda, porque nadie reivindica que es diferente de otro para razonar que es peor que él, sino que es mejor, que es superior. Eso tendría que dar vergüenza decirlo y defenderlo en el siglo XXI.

Por Óscar Benítez


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