Lo dicen los guionistas de Els Joglars a propósito de “Señor Ruiseñor”: “En Cataluña se ha arrancado o falseado el pasado y de esta manera se ha podido configurar un orden inventado. Solo se utiliza la parte de conocimiento y de tradición que conviene para contar un relato sesgado”. Para ello se sirven del polifacético pintor catalán Santiago Rusiñol (Barcelona, 1861- Aranjuez, 1931) como en su tiempo se sirvió Boadella de “La increíble historia del Dr. Floit & Mr. Pla” o de “Dalí”, para anteponer el carácter ingenioso y cosmopolita del artista, a la mentalidad excluyente de la identidad que representa hoy la Cataluña nacionalista. Otro excluido por el pujolismo, Josep Pla, diría de Rusiñol: “fue un destructor de fanáticos que representó una sociedad de ciudadanos holgados y juiciosos a orillas del Mediterráneo”. ¡Qué lejos queda esa hermosa acuarela vitalista de Rusiñol de las aguas estancadas de la Cataluña actual! El viernes me acerqué a sus orillas. 120 minutos catárticos inducidos por el trabajo impecable de seis actores entregados: Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xevi Vilà, Juan Pablo Mazorra, Rubén Romero, y el genial director y protagonista, Ramon Fontserè. En escena hasta el 6 de junio en el Teatro Apolo de Barcelona.
Vuelvo enseguida a la obra, y les cuento; déjenme cambiar de tercio, incluso de ritmo formal. Porque esta obra interpela a la realidad yendo más allá del propio espacio escénico.
En una Cataluña que asaltan a golpes el Paraninfo de la Facultad de Historia de la UB contra un ciclo de conferencias hasta lograr acabar con él, que asaltan y logran poner fin a un acto de homenaje académico a Miguel de Cervantes en el Aula Magna de la Universidad Central de Barcelona, en una Cataluña que boicotean y agreden a estudiantes en la Universidad Autónoma de Barcelona por el delito de exponer sus ideas; en una Cataluña que se acosa y agrede a líderes políticos en sus universidades, y se cuentan por docenas los escraches a intelectuales en centros de cultura; en una Cataluña que se acosa a todo quien cuestione a la tribu, no han tocado un pelo a la obra de Els Joglars que se está representando en esa misma ciudad. Por fin un remanso de paz… pero… ¿No les parece extraño?
¿No les parece extraño que en la misma Cataluña que agreden y acosan a la Policía cada día con más violencia e impunidad, no hayan boicoteado la representación de la crítica más directa, ácida y descarnada que se haya hecho del procés? ¿No les parece extraño, que Els Joglars hayan podido por fin representar “Señor Ruiseñor” en Cataluña después de haberles ignorado teatros y Administraciones desde que se estrenara en Valladolid hace tres años? ¿No les parece extraño que desde la alcaldesa, Ada Colado a la actual presidenta del Parlament, Laura Borràs, rechacen al ejército y le inviten a irse de Cataluña con una soberbia impropia de representantes democráticos, y sin embargo sus CDR de guardia no hayan tirado un simple confeti contra las herejías de esos titiriteros del tres al cuarto en el Teatro Apolo?
Es lo primero que percibes desde el instante que te sientas en la butaca dispuesto a disfrutar con “Señor Ruiseñor”: la ausencia de broncas, ni una sola voz desconsiderada contra los actores, ni un grito al uso de “Feixista, ves-te´n a la puta Espanya! ¡Qué alivio!, ¡qué oasis de paz! ¡Un teatro entero a salvo de los acosadores de plantilla! ¿No les parece extraño?
Este inusual fenómeno es el triunfo más diáfano de la denuncia de Els Joglars: la capacidad del nacionalismo para mantener al rebaño con una simple consigna sin que ni un solo carnero la desobedezca. Es la demostración palpable de todo cuanto la obra denuncia: la reducción de una sociedad al delirio colectivo. Ahora toca hacer un parchís en la Meridiana con un ejército de autómatas, ahora incendiar la ciudad, ahora rociar a los mozos con pintura o lanzarles adoquines, y ahora.., silencio, silencio absoluto para que la obra pase lo más desapercibida posible. Con ella en los medios se reflejarían en su propio espejo.
He ahí el secreto de su ausencia. Frente a él no serían víctimas, sino fanáticos racistas. Sentados en una butaca del Teatro Apolo, no serían los paladines de la democracia, sino vulgares fascistas. Esa unanimidad sólo se consigue cuando se ha reducido a una sociedad a simple secta. Ahora toca no boicotear el espectáculo. Apariencia de respeto a la libertad de expresión. Pura impostura. Esa impostura supuestamente tolerante cuando a diario excluyen a quienes no toleran, es la medida de su simulada estrategia de víctimas. Todo en ellos es una farsa. Los espectadores piensan, además de sentir y asentir, abren los ojos, en lugar de bajarlos, incluso pueden emocionarse con otras emociones. No es cuestión de exponer a sus acólitos a su propio esperpento. Un gran revés para la higiene social, pero también un alivio, una gran catarsis para quienes, asfixiados por el chapapote con que han contaminado todo, se liberen por un rato, se reencuentren con el arte y vuelvan a creer en la primavera.
No obstante, hasta el rabo todo es toro. Nunca se puede cantar victoria hasta el final. Y menos con un colectivo que está adobado de emociones.
Vuelvo a la génesis y desarrollo de la obra que dejé pendiente.
“Señor Rusiñol” es la historia de un jubilado achacoso de Parques y Jardines que compagina como guía del Museo Rusiñol. Enamorado de su obra, será la representación simbólica de la vida desenfadada y vitalista del pintor, aprovechada por los guionistas para contraponerla al mundo étnico del nacionalismo. Su vida bucólica y cosmopolita sufre un revés al decidir el Patronato que el Museo se convertirá en Museo de la Identidad con especial incidencia en las teorías racistas del Doctor Robert (1842-1902) basadas en la mayor capacidad craneal de la raza catalana. La disculpa no es puro teatro, es realidad pura y dura. No otra cosa es el Museu d’Història de Catalunya, El Born Centro de Cultura y Memoria, o la conversión de la cárcel Modelo de Barcelona en Museo. Puros museos identitarios. Por si alguno cree que el teatro de Els Joglars solo es una metáfora de la realidad.
Cuando Albert Boadella estrenó Operación Ubú en 1981, los indicios supremacistas del catalanismo eran más sutiles, por eso se adelantó a su tiempo, mostró a los demás lo que los demás aún no estaban en condiciones o dispuestos a ver. Pero en esta obra es al revés, hay tanta carnaza, que el exceso podría confundir al espectador al faltar sutileza en la denuncia. Como si Els Joglars mismos hubieran quedado maniatados por tanto chapapote identitario y no hubieran sabido decidirse entre la carcajada o la mueca, entre el sarcasmo y la pedagogía.
La diferencia entre el arte y la desesperación creativa reside en el rasgo universal que atraviesa el aire como un cuchillo afilado y lo diferencia de las cosas que lo ensucian. La facultad creativa que Albert Boadella derrochó en todo cuanto hizo en Els Joglars. Se le echó en falta en el desguace necesario de sus herederos. En el mejor sentido del término. Lo explícito casa mal con lo irónico, la sátira gusta de cierta armonía en la burla, cierta condescendencia con lo ridiculizado, y sólo admite la trascendencia conmovedora de la denuncia doctoral cuando se interrumpe formalmente, y a propósito, para dramatizar la impostura insoportable. No es cuestión menor, porque de la bronca te puedes librar, del ridículo, nunca.
En esa ensalada de disparates hay momentos sublimes de lirismo estético como la pintura de Rusiñol digitalizada sobre los fondos, o el chapapote tóxico que inunda el escenario, la sacralización de la Gioconda Catalana (ya la descubrirán ustedes) o la demostración de la superioridad craneal de la entrepierna con desnudo integral para mostrar la evidencia. El actor le echó pelotas y lo bordó. La versión del himno fascista Facceta Nera da escalofríos. Uno no puede por menos ver allí cantando con la presidenta del Museo de la Identidad a Carme Forcadell o Laura Borràs.
Aunque parezca un contrasentido, esta obra sólo sirve para disfrutar o para sufrir. Mal asunto. Por ambos motivos. Disfrutarán quien se sientan extranjeros en su país, sufrirán quienes vayan por la vida de amos de la masía. Pero si me preguntan a qué colectivo de los dos recomendaría la asistencia, me inclinaría por la medicina. A nadie le sobra un análisis de limpieza de sangre de vez en cuando.
Ya que nos han falsificado la realidad con teatro, habrá que ir al teatro para reencontrarnos con la realidad.
Antonio Robles. Barcelona, 30 de Mayo de 2021. ‘Señor Ruiseñor está en el Teatro Apolo, en Barcelona, hasta el 6 de junio (foto: Els Joglars).
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