El tren de la bruja es mucho más que una simple atracción de feria: es un pedacito de nuestra memoria colectiva. Ese vagón que serpentea entre las sombras, las risas nerviosas, el aire que huele a algodón de azúcar y a churros recién hechos, todo forma parte de una experiencia que miles de españoles han vivido desde niños. Subirse al tren de la bruja es dejarse llevar por el misterio y la diversión, por ese cosquilleo en el estómago que mezcla susto y alegría en dosis perfectas.
Quien haya entrado alguna vez sabe que no se trata solo de fantasmas de cartón o de decorados oscuros: la magia está en el ambiente. Es la complicidad con los amigos, las bromas para asustar al de al lado, la expectativa de cuándo aparecerá la famosa bruja con su escoba. Todo en esta atracción está pensado para despertar emociones simples y auténticas, esas que nos devuelven a la infancia aunque ya peinemos canas.
Las ferias en España son un lugar de encuentro intergeneracional, y el tren de la bruja es una de sus joyas más queridas. Los abuelos lo señalan con una sonrisa, recordando cuando ellos mismos subían en los años de su niñez. Los padres animan a sus hijos a vencer el miedo, y los niños gritan a pleno pulmón, a partes iguales de susto y de felicidad. Así, cada generación vuelve a vivir la misma tradición, creando un puente invisible entre pasado y presente.
Pero no es la única atracción que ha dejado huella. Las tómbolas con sus premios llamativos, los coches de choque que han visto nacer amores de verano, las norias que ofrecen vistas mágicas de la feria iluminada… todas ellas son parte de un mismo universo de diversión popular que ha sobrevivido a los cambios de moda y a las nuevas tecnologías.
Cada feria es un pequeño mundo que se monta y desmonta en cuestión de días, pero que deja recuerdos que duran toda la vida. La música de las casetas, las luces de colores, el olor de los puestos de comida y la emoción de las atracciones convierten cualquier visita en un acontecimiento especial. En un mundo cada vez más digital, estas experiencias físicas y compartidas se sienten más valiosas que nunca.
El tren de la bruja, en particular, conserva algo de artesanía y de tradición que lo hace único. No hay pantallas ni efectos de última generación: solo ingenio, escenografía y la presencia viva de la bruja que reparte sustos y carcajadas. Esa sencillez es precisamente lo que lo mantiene fresco y querido, porque apela a la imaginación y al espíritu de juego de todos.
Las ferias son también un motor cultural y económico para muchos pueblos y ciudades de España. Son el momento del año en que las calles se llenan de vida, de visitantes, de risas. Los feriantes, con su trabajo incansable, hacen posible que esta tradición siga viva, transmitiendo el oficio de generación en generación.
Por eso, celebrar el tren de la bruja y las demás atracciones es celebrar una parte de nuestra identidad. Son recuerdos compartidos, momentos de alegría que se repiten año tras año y que hacen que niños, jóvenes y mayores vuelvan a sentir la misma ilusión. Mientras haya ferias, seguirá habiendo sustos, carcajadas y ese brillo en los ojos al subir al tren de la bruja.
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