El movimiento independentista catalán se ha revelado como un experto en la guerra cultural. Domina el lenguaje y lo utiliza como una herramienta de expansión política. No tolera la discrepancia, imponiendo su propia terminología de forma sectaria.
Un ejemplo claro es el trato a los nombres de las ciudades. Cualquier separatista se indigna si se mencionan las formas oficiales en castellano, como «Lérida» o «Gerona». Sin embargo, no duda en usar sus adaptaciones a otros territorios, como «Osca» o «Saragossa», ignorando las formas españolas «Huesca» y «Zaragoza».
Esta obsesión por el lenguaje es parte de un proyecto mucho más amplio: el pancatalanismo. Este concepto busca integrar otros territorios bajo la ficticia bandera de los «Países Catalanes», incluyendo a la Comunidad Valenciana.
Valencia, sin embargo, no es un «país» ni pertenece a esa quimera. Es, de hecho, una Comunidad Autónoma con su propia identidad y lealtad a la nación española. Sus legítimas autoridades tienen la obligación de defender esta realidad.
Lamentablemente, los sucesivos Gobiernos de la Generalitat catalana han gastado ingentes cantidades de dinero público en este proyecto expansivo. Desde el año 1980, ejecutivos socialistas y nacionalistas han financiado la extensión del pancatalanismo. El foco de esta financiación se ha puesto históricamente sobre las Islas Baleares y la Comunidad Valenciana. La televisión pública TV3 ha sido el ariete principal de esta estrategia de infiltración ideológica.
Entidades de corte pancatalanista, como Acció Cultural del País Valencià, han sido subvencionadas por la Generalitat catalana durante décadas. Estas organizaciones se dedicaron a sufragar los repetidores que llevaban la señal de TV3 a Castellón, Valencia y Alicante.
Esta no es una anécdota inocua, sino una estrategia ideológica. El ‘procés’ demostró que TV3 es el principal y más potente instrumento de propaganda del separatismo catalán, un auténtico megáfono supremacista. Los valencianos han tenido que sufrir durante décadas esta propaganda independentista. El adoctrinamiento se ha pagado, al menos en parte, con fondos públicos de la Generalitat catalana, en una clara injerencia política.
Las intromisiones de los medios controlados por el separatismo en la política valenciana son constantes. Afectan gravemente a sectores tan sensibles como la educación y la cultura, buscando diluir la identidad valenciana. Este mismo patrón de injerencia se repite en otros territorios. Ocurre en la Franja oriental de Aragón, en las Islas Baleares y en lo que el separatismo denomina «Catalunya Nord» (la zona de Perpiñán en Francia).
En todos estos lugares, la Generalitat otorga subvenciones a entidades que promueven el pancatalanismo. Es una política de expansión ideológica que utiliza los impuestos de todos los catalanes para un fin partidista y rupturista. Es fundamental que las autoridades valencianas, aragonesas, francesas y de Baleares actúen con la misma visión estratégica que sus vecinos. El separatismo ha entendido que debe dotar de recursos a sus afines fuera de Cataluña.
Por ello, estos gobiernos deben entender que existe una resistencia en Cataluña, formada por antiseparatistas que defienden la unidad de España. Es imprescindible ayudar a quienes plantan cara al secesionismo en la primera línea de fuego.
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