El viernes, durante la sesión constitutiva del nuevo Parlament, el separatismo desplegó todo su catálogo de lemas victimistas, demostrando que la teórica pacificación de la vida política catalana a partir del 14-F, con posibles coaliciones «transversales» ha quedado en nada.
Los ‘comunes’ han pasado de posible partido de gobierno a no conseguir ni una triste secretaria en la Mesa de la cámara y Laura Borràs, la nueva presidenta, demostró que esta legislatura la confrontación con el Gobierno de España y la pirotecnia verbal separatista volverán a ser la norma. El PSC, como Cs en el 2017, ha podido sacar poco rédito de su victoria electoral y en Cs y el PP están todavía lamiéndose las heridas.
Pero el radicalismo verbal de la nueva presidenta del Parlament, que recuerda a la peor Carme Forcadell y al habitual Quim Torra, ha pasado desapercibido por todo el ruido que hemos vivido en los últimos días en la política nacional.
Hemos criticado en este medio como el separatismo ha obviado las graves consecuencias económicas, sanitarias y sociales de la crisis del Covid-19, y como se ha dedicado a lo ‘suyo’, en vez de dedicarse a lo de ‘todos’, a luchar contra los efectos de la pandemia. Han puesto la Generalitat al servicio de ‘su’ causa y el resto le importa un comino.
Esta realidad la hemos visto esta semana replicada por Cs, PP y PSOE que, en medio de la más grave crisis en décadas, se han dedicado a la política táctica, a las mociones de censuras, adelantos electorales, negociaciones de despacho y otras operaciones de salón. Quede como quede el mapa del poder autonómico tras una semana trepidante, han conseguido que la desafección ciudadana aumente un poco más.
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