Siempre me han gustado las historias del salvaje oeste. Habitantes de un mundo nuevo e inhóspito que exploraban nuevos territorios, buscaban oro y creaban ciudades. Mientras, luchaban contra tribus de indios y bandas de forajidos u otros desalmados. Y lo hacían por su cuenta, porque el gobierno de los Estados Unidos y el resto de la civilización no habían llegado, y parecía que la única ley que valía era la del más fuerte. Lo que nunca pensé es que ese salvaje oeste se reprodujera en nuestro término municipal y en nuestra huerta.
Porque, tras la enésima oleada de robos en casas y masías, los vecinos de la entidad municipal descentralizada de Sucs, perteneciente a Lleida, pretenden organizar patrullas de vigilancia para evitar más saqueos. La imagen recuerda demasiado a otras épocas y a otros lugares, pero es real. Y ocurre aquí, en mi ciudad. Ciudadanos desamparados que ven como el Estado al que han cedido el monopolio de la fuerza es incapaz de protegerles y deben autoorganizarse para conservar sus bienes por sí mismos.
Lo peor es que no es nuevo. La falta endémica de Mossos d’Esquadra en Lleida, que son quienes deben vigilar toda nuestra huerta, hace de estos caminos un lugar en el que se puede actuar casi impunemente si no es por el propio celo de los vecinos. No hay agricultor o habitante de esta zona que no haya sufrido directa o indirectamente robos. Unos robos que se pueden producir a cualquier hora del día, y que abarcan desde material de trabajo, a la producción agrícola o hasta los mismos bienes personales de las personas cuando han entrado las casas al detectar que los dueños no estaban. Sin contar con los perros que han silenciado para perpetrar sus delitos. Se trata de daños que, en demasiadas ocasiones, no cubren los seguros.
Y así, nuestros ciudadanos se ven obligados a adquirir nuevos hábitos. Como conocer perfectamente todos y cada uno de los vehículos de la zona, para avisar al resto de residentes si ven coches o furgonetas que no conocen y reportarlo a la policía. O como instalar temporizadores en las luces, persianas, televisores y radios de sus casas, para dar la impresión de que están siempre en casa. Las rejas en las ventanas son omnipresentes. Hábitos como tener que formar patrullas de vigilancia para ahuyentar o desalentar a los ladrones. Y rezar para que nunca pase nada. Porque de tropezarse con algún delincuente las cosas pueden torcerse mucho.
¿Pero acaso tienen que ocurrir accidentes de ese tipo para que la Dirección General de los Mossos d’Esquadra sean conscientes del problema y actúen en consecuencia? ¿Acaso deben pasar auténticas desgracias para que, desde Barcelona, se nos tome un poco en serio? Porque desde Lleida y el resto del territorio ya hemos pedido mayores dotaciones de policía por activa y por pasiva. ¿Cuántas peticiones de más Mossos tendremos que hacer para que nos hagan caso?
De momento, los robos se suceden. Y los agricultores y vecinos de l’Horta de Lleida siguen solos e impotentes. Porque el gobierno encargado de protegerles parece que queda demasiado lejos y está en otros asuntos. Como en aquellas historias del salvaje oeste. Solo que esto ocurre en Lleida, en pleno siglo XXI. Y no estamos para cuentos de vaqueros.
Ángeles Ribes es portavoz de Cs en el Ayuntamiento de Lleida
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