Hace unos meses decíamos en un editorial que en Cataluña poco a poco va creciendo un fascismo que se está convirtiendo en parte del paisaje. Un fascismo cotidiano que entonces decíamos que no era mayoritario, ni siquiera entre el independentismo, pero que iba avanzando ante la pasividad o la complicidad de los que detentan la hegemonía política, social y cultural en Cataluña. Ahora ya nos tememos que empieza a ser mayoritario por el silencio y la complicidad de los secesionistas ante las acciones de su sector más radical.
Lo estamos viendo en las agresiones a periodistas y los insultos a viandantes que no les ríen las gracias por parte de los radicales separatistas que cortan la Meridiana con la complicidad y ayuda de la Generalitat y el Ayuntamiento de Barcelona, que han permitido este abuso durante 284 días. El lema independentista de «las calles serán siempre nuestras» se cumple porque los Mossos armados les garantizan el derecho a ocupar la vía pública a su antojo y protegen a los radicales violentos de los vecinos que piden ejercer su derecho a vivir tranquilos y a moverse libremente por su barrio.
Lo estamos viendo con el linchamiento que están sufriendo los dueños de una pizzería en Barcelona, Marinella, que por una acusación de un presunto cliente sobre el personal del local porque no entendían el catalán los están masacrando en redes, les han llenado la fachada de pintadas fascistas independentistas y les están amenazando por teléfono y correo electrónico. Esta persecución de los castellanoparlantes se ha convertido en una constante en la forma de actuar de sectores muy amplios del independentismo: panaderías, comercios, bares, empresas son acosados en toda Cataluña por no utilizar exclusivamente el catalán o porque un radical se queja de un presunto trato descortés. Luego viene el linchamiento y el intento de hundir el negocio mediante el boicot.
Hace uno par de años le tocó la china a un pizzero de Blanes (Sol d’or). Luego le tocó el turno a uno de Barcelona (Bo di Napoli). Recordemos el caso de la panadería Vivari y de otros comercios que sufrieron casos similares. O los camareros señalados en redes para que les despidieran. El motivo puede ser cualquiera, basta con que a algún ‘patriota’ no le guste como piensa el dueño. O que el propietario no permita que llenen su local de lazos amarillos. O que el camarero atienda en la lengua ‘incorrecta’ o la carta no esté en la lengua deseada. Cualquier ‘razón’ es válida para marcar el territorio machacando a un pizzero, a un empresario panadero (Josep Bou) o a cualquiera. Si usted no es separatista hoy se ha librado, pero le acabará tocando.
No importa la razón. Basta con no estar en el lado ‘correcto’ de la historia, según la visión de estos nuevos inquisidores. Las redes sociales son su principal arma, todos organizados y bien pertrechados para señalar al discrepante, todos actuando a una, todos difundiendo la basura que se crea para hundir en la miseria al objetivo escogido. Primero se intenta acabar con la reputación del ‘molesto’ que ha osado disentir del separatismo ambiente. Por supuesto, siempre ante la inactividad de nuestro gobierno autonómico, que en su consideración de guardianes de las esencias de una República inexistente, denota cierta pasividad ante estos ataques. Recuerden, unos agitan el árbol y otros recogen las nueces.
El problema es que nos estamos acostumbrando a que el secesionismo, tanto el radical de forma activa, como el gubernamental con su pasividad, vandalice las sedes de los partidos de la oposición, intente hundir los negocios que no son de su agrado, destroce el buen nombre (Lluís Pasqual, Rosa Maria Sardà son solo dos ejemplos) de todos los que no se plieguen a sus deseos, consiga limitar el derecho a la libre manifestación (Jusapol, Hablamos Español, Borbonia), amenace a los padres que quieren exigir su derecho a que sus hijos reciban más horas de docencia en castellano (Balaguer, Mataró, Castelldefels), intimide a los regidores que no son secesionistas (Sitges, Lleida, Cardedeu, Barcelona, Badalona, Terrassa, Mollet, etc)…
Por no hablar de la acción directa de algunas instituciones que controlan los secesionistas. Como las ofensas diarias que se vierten desde los medios de comunicación de la Generalitat hacia todos los españoles, equiparando a nuestro país con una semidictadura o permitiendo que ‘estrellas’ como Jair Domínguez difundan en antena o en sus redes sociales el «puta España»; o que se permita símbolos de adoctrinamiento político en centenares de escuelas de toda Cataluña; o que los agentes de la policía autonómica que deberían ser ecuánimes se dediquen a pedir la documentación a quienes quitan lazos amarillos, pero no a quienes los ponen, cuando según el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña el espacio público ha de ser neutral; o que los edificios de la Generalitat estén llenos de símbolos separatistas; o que los ayuntamientos se hayan convertido no en lugares al servicio de todos los ciudadanos, sino en escaparates de propaganda secesionista; o que buena parte de los agentes forestales se hayan convertido en activistas del separatismo; o que muchos bomberos se hayan convertido en la brigada motorizada de los CDRs, con docenas de locales llenos de propaganda política, y con una elevada proporción de sus vehículos convertidos en los “esteladamóvil”…
Una parte de Cataluña ejerce el fascismo cotidiano cuando se dedica a excluir a la otra parte de la vida pública. Cuando se la tacha de “no catalana”, “quintacolumnista” o “colona” por no defender la fantasmagórica “República catalana” emanada de una consulta ilegal, la del 1 de octubre, basada en unas leyes excluyentes, las que se aprobaron sin ninguna garantía en el Parlament en los plenos del 6 y 7 de septiembre de 2017, los llamados “plenos de la vergüenza”.
Los radicales secesionistas actúan con total impunidad, patrimonializando unas instituciones que son de todos y amparando a ‘sus’ violentos. Hasta que el separatismo no aprenda que Cataluña es de todos los catalanes, y no solo de los que defienden la independencia, nuestra sociedad seguirá deslizándose hacia el enfrentamiento civil. Que es la etapa final del fascismo cotidiano, el intento de aplicación del Fascismo con mayúsculas.
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