El RCD Espanyol sufre lo que me gusta llamar ‘el efecto Astérix’. Consiste en que muchos pericos están convencidos que el Espanyol es como la aldea de los galos de este popular cómic, rodeada de campamentos romanos-culés que intentan eliminarnos. Esta forma de actuar nos ha servido para sobrevivir durante décadas. Pero al mismo tiempo nos impide crecer, porque estamos tan preocupados en fortificar nuestras murallas que no buscamos la expansión. Vemos fantasmas por todas partes, a menudo con motivos, y otras veces sin ellos. Es una estrategia defensiva, que nos cierra en nosotros mismos, y que dificulta la creación de alianzas.
Esta forma de ver el mundo nos empequeñece. Para ser más grandes hemos de abrir nuestros portones y plantar cara en campo abierto. Hemos de dejar de considerarnos agredidos por cualquiera que pensemos que nos “mira mal”. Somos tan susceptibles que cualquier opinión crítica hacia nosotros, aunque sea de buena fe, la vemos como un ataque injustificable. Y es que a menudo pecamos de tener la piel demasiado fina. Hay que analizar las cosas con más calma. Eso no quiere decir que nos podamos olvidar de la existencia del Imperio Azulgrana, dado que sus agresiones propagandísticas son tan abundantes y agobiantes que es imposible pasar de ellos.
Vamos, que tenemos razones para pensar que estamos rodeados. Porque lo estamos. Tenemos buenas razones para ello. Recordemos a esa desgracia de alcalde que cayó en Barcelona para hacer buenos a Jordi Hereu y Joan Clos, un tal Xavier Trias, ese que piensa que “sería una desgracia tener un yerno perico”. Y que remató la faena recubriendo uno de los símbolos de la ciudad, la estatua de Colón, con una camiseta azulgrana, por cuatro chavos.
Motivos y excusas para obcecarnos con el pensamiento único deportivo que imponen los culés los tenemos. Pero esa es la trampa. Entramos al trapo, estamos todo el día de brega por las putadas que nos hacen, y gastamos buena partes de nuestras energías en embestir. Somos como el toro que acaba yendo por donde el torero quiere. Denunciemos sus excesos. Pero sin obsesionarnos.
Tampoco hemos de renunciar a que nos critiquen. No hemos de tener miedo a escuchar lo que no nos gusta. Si nuestras convicciones son fuertes, podemos combatir con argumentos las críticas a las que seamos sometidos. Y si tienen razón, porque a veces lo que consideramos “ataques” por parte de columnistas barcelonistas son opiniones razonables, hemos de dársela. Hemos de obviar los ataques que quieran destruirnos o hacernos daño, pero que nos muestren nuestros defectos no nos ha de molestar.
Al contrario, hemos de escuchar y tomar nota. Venga de donde venga, y lo diga quien lo diga. Hay que recordar que en el Espanyol no somos infalibles, y a lo largo de nuestra historia nos hemos equivocado en infinidad de ocasiones. Si aciertan, lo reconocemos y punto pelota. No tenemos la razón de manera automática por nuestra condición de pericos, la mejor gente que hay.
Tuvimos que vender Sarriá por nuestros propios errores, no por ninguna conjura barcelonista. Perdimos décadas de crecimiento en los años 40 y 50 del pasado siglo por nuestras luchas internas, no por el pensamiento único deportivo. Perdimos el impulso de las dos Copas del Rey ganadas en el 2000 y el 2006 y la final europea de Glasgow en el 2007 no por el Barça, sino por nuestros errores de gestión. Escuchemos cuando nos digan que no equivocamos, y analicemos si podemos sacar algo positivo de esa opinión.
Muchos compañeros de la grada perica no permiten ningún tipo de crítica. Ni externa, ni interna. Al final, ser crítico con la gestión del consejo, o con el entrenador o con algún jugador-símbolo es visto por algunos como un “ataque al españolismo” y se tacha al discrepante de “mal perico”. Criticamos mucho el pensamiento único azulgrana, pero más de un seguidor blanquiazul practica un pensamiento único perico que no nos conviene. Amplitud de miras, sentido crítico – siempre que sea para mejorar – y tolerancia con todas las opiniones: es el trío mágico para atraer a más gente, y para no repeler a los que no defienden una concepción unívoca de la vida.
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