Óscar Ramírez, concejal del PP, propuso recientemente instalar una subsede del Museo del Prado en el edificio del Banco de España sito en la barcelonesa plaza de Cataluña. Los representantes de ERC y Pdcat respondieron con desprecio a una medida que supondría enriquecer el patrimonio cultural y el atractivo turístico de Barcelona. ¿Por qué unas organizaciones que proclaman su amor por Cataluña impiden que luzca tan magnífico broche?
El nacionalismo vive de un enemigo exterior; a ese enemigo le atribuye todo lo magnífico: poder, protagonismo y recursos, prendas detentadas en régimen de monopolio por Madrid; y los catalanes somos indignamente excluidos, asumiendo el papel de eternas víctimas, sin influencia, ni atención, ni patrimonio. Este relato omnipresente es el combustible que mueve la maquinaria catalanista. Sin él el vehículo nacionalista se gripa. La instalación en Barcelona de una subsede del Museo del Prado (o del Senado o de varios Ministerios) quiebra esa narración por su misma base, y los nacionalistas lo intuyen.
Para una mente habituada a la cosmovisión nacionalista contemplar cuadros de Murillo a pocos metros de Las Ramblas implicaría que Murillo fuera tan nuestro como de los castellanos o de los andaluces, y ¿cómo vamos a compartir genios pictóricos si somos naciones distintas? Las exposiciones de la subsede de El Prado otorgarían a Barcelona un protagonismo mediático inédito, no por las obsesiones identitarias de algunos, sino por la proyección de la común cultura española. Todo ello produce dentera a los que viven del enfrentamiento con Madrid: para justificar su rechazo al Estado necesitan sentirse maltratados por él. Por ello desdeñan toda muestra de atención simbólica del Estado hacia Cataluña; así, por ejemplo, el bello gesto de la Princesa de Asturias hablando en catalán (y mejor que ciertos paladines de la catalanidad) es rebajado a los coros y danzas del franquismo.
La reacción de los partidos nacionalistas ante la simple posibilidad de instalar una subsede de El Prado en Barcelona deja en evidencia su incoherencia política: no quieren lo mejor para los catalanes, sino reafirmar su relato victimista. Para sentirse San Jorge no escatiman oportunidades de crear dragones imaginarios, y los mejores dragones son los que su imaginación coloca en la Meseta.
El desdén del nacionalismo hacia el protagonismo de Barcelona como gran ciudad española nos muestra el camino que debiera seguir el constitucionalismo: convertir a Barcelona en cocapital de España.
Ángel Puertas. Doctor en Derecho y autor de ‘Lo que nunca te han contado. Cataluña vista por un madrileño’
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