La gestión ferroviaria del Gobierno central ha vuelto a quedar en evidencia este miércoles con un nuevo ridículo en la línea R3 de Rodalies. El servicio, que debía normalizarse este miércoles tras semanas de parálisis, ha sido interrumpido ayer fulminantemente entre las estaciones de Sant Martí de Centelles y Figaró. Una piedra de grandes dimensiones sobre la vía ha bastado para echar por tierra las promesas del Ministerio.
El incidente se ha producido por un desprendimiento de tierras que ha paralizado la circulación apenas unas horas después del anuncio oficial de reapertura. Un tren sin pasajeros ha sido el encargado de detectar el obstáculo, evitando un impacto que podría haber sido trágico. Esta es la seguridad que el PSOE ofrece a los catalanes mientras se llena la boca con inversiones que nunca llegan a pie de vía.
La compañía Renfe se ha visto obligada a improvisar, una vez más, un servicio alternativo de autobús para cubrir el trayecto entre la Garriga y Ripoll. Los usuarios, hartos de promesas incumplidas, han tenido que abandonar los vagones para subirse a autocares por culpa de una infraestructura que se cae a trozos. Resulta insultante que el mismo día en que se anunciaba la vuelta a la normalidad, la realidad golpee con tal dureza.
Técnicos de Adif se han desplazado a la zona para retirar el material, pero el daño reputacional ya es irreparable. Esta avería llega en un momento crítico, justo cuando se intentaba recuperar la confianza tras el accidente ferroviario de Gelida del 20 de enero. Parece que el ejecutivo de Pedro Sánchez es incapaz de garantizar un servicio básico sin que surjan contratiempos de tercermundismo.
La desinformación ha sido la tónica de la jornada, con anuncios de reactivación parcial que han durado menos que un suspiro. El optimismo de Renfe ha chocado frontalmente con la realidad de unas laderas que se desploman sobre las vías. No basta con pedir disculpas; hace falta una inversión real que deje de ser moneda de cambio en las negociaciones de investidura.
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