Cuántas veces nos han hecho nuestros padres esta advertencia: que si por él pasa mucha gente y es un nido de bacterias, que si no toques nada, que si la higiene… y así una retahíla de consejos.
Nunca había experimentado con tanta fuerza esta certeza como un día de septiembre estando en un desayuno en el Ritz de Madrid. Por la categoría del lugar una se relaja en cuanto a medidas de protección se refiere. ¡Qué equivocada! Esperando en el pequeño recinto del aseo a que alguna desocupe (o algune, no se me vayan a enfadar quienes fluctúan en su género), dos señoras me acompañan en tan desperdiciado tiempo muerto.
En un catalán propio de los mayores orgasmos de Pompeu Fabra y sus descendientes me piden disculpas por atropellarme sin alevosía con su maletita, de lo que más tarde no sé si se arrepintieron. Una que es leída, y catalana, lo que no es lo mismo, pero ayuda, les responde en su misma superior lengua. Ante su gesto de esponjamiento y orgullo al escuchar en tan salvaje tierra su idioma, les informo que en Madrit todos somos bilingües, si así gustamos, muy al contrario de lo que ocurre con el triste monolingüismo que se impone en escuelas, espacios públicos, parques, jardines y fiestas de guardar y de tirar con el que disfrutan en su reino, o república, o región de España, para ser más exactos.
Salgo, el ambiente ya casi irrespirable, y no por ellas, no vayan a pensar cosas guarras, aunque naturales. Dejo a las dos señoras retocándose la sonrisa, poca, que ir de víctima no permite muchas expansiones. Si es que ya lo aprendemos desde la infancia: cuidado al entrar en el lavabo, hay muchos bichos. Bichos no sé, pero señoras de ERC había por lo menos dos.
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