Fumata amarilla. Por fin tendremos gobierno en la Generalitat. Pese a que estaba claro desde que conocimos los resultados electorales, nos han hecho esperar más de tres meses para anunciar una obviedad: sufriremos otro gobierno supremacista.
Bien es cierto que no había más opción. El clasismo identitario de los partidos separatistas impedía otra suma que no fuera la de ERC y Junts con los apoyos gratuitos de la CUP. Estos últimos se lo han creído todo: renta básica universal, progresividad impositiva, empresas públicas, aumento de la sanidad pública… A la práctica, todas esas cuestiones quedan en manos de los neoconvergentes, que probablemente estarán deseosos de aplicar todas y cada una de las tesis anticapitalistas. Nótese la ironía.
Y aunque era una opción deseable – entiéndase deseable como alternativa al ejecutivo que tendremos que aguantar – dudo que la repetición electoral hubiera estado realmente encima de la mesa para Pere Aragonés y Jordi Sánchez. 500 sillas tienen la clave. 500 sillones entre altos cargos y cargos de confianza a repartir entre los estómagos agradecidos de ambos partidos. Y eso sí era una garantía: la revolución y la defensa de los “presus pulítics” solamente tiene sentido con un sueldo bien nutrido y bien garantizado. Que se lo pregunten a Alonso Cuevillas, que lo tenía clarísimo: el sueldo de secretario en la Mesa del Parlament solamente vale la pena si no se tenía que poner frente a un juez. Esas declaraciones ofendieron a muchos, especialmente a los suyos, pero dejaron meridianamente claro de qué va este procés: confrontación total con el Estado, pero la paga a final de mes que no me la toquen.
Y así nos va: ERC y Junts no se soportan, pero hay que seguir con esta pantomima. Hay que hacer creer que son más revolucionarios y más dignos que nadie, y que – esta vez sí – van a trabajar para conseguir un referéndum de autodeterminación. Ríete tú del día de la marmota. Y para conseguirlo van a crear un súper órgano de coordinación mega molón entre los tres partidos, Ómnium y la ANC, que va a asegurarse que el gobierno funcione como es debido. O sea, que ahora nuestro sistema democrático en Cataluña va a depender de lo que digan dos asociaciones a las que nadie ha votado. Así nos va, repito.
Sin embargo, todo eso ya lo sabíamos. Ya sabíamos que había señores que mandaban mucho en los consejos de gobierno de la Generalitat sin tener ninguna legitimidad democrática. Ya lo hicieron los Jordis. Ya sabíamos que Junts y ERC no se soportan, y que solo hay una cosa que odien más que a ellos mismos, que es cualquier cosa que huela mínimamente a español (por contradictorio que pueda parecer, ya que todo lo catalán es, por naturaleza, español). Entonces, ¿por qué han tardado tanto? Por la pasta. Por esos 500 cargos en juego. Por decidir sobre esas subvenciones y redes clientelares tan suculentas y que alimentan el procés. Por comer un poquito más del pastel.
Solo así se entiende que carteras estratégicas para cualquier sociedad cambien de manos como quien cambia unos cromos. Para esta gente, la salud de las personas vale lo que vale la ‘conselleria’ de Salut en esta negociación. La recuperación económica vale la gestión de los fondos Next Generation. La modernización y competitividad de nuestras empresas vale lo que se ha pagado por la Consejería de Empresa. No hay programa. No hay proyecto. Solo hay sueldos asegurados mientras dure esta farsa. Hasta 2023.
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