Ada Colau vivió el viernes su último pleno como regidora del Ayuntamiento de Barcelona, tras haber formado parte del pleno municipal durante nueve años y medio, ocho de ellos como alcaldesa. Ahora parte hacia un futuro en el que podrá dar la turra en universidades y foros extranjeros sobre su tóxica visión de la política.
Tras haber dejado Barcelona como un solar, convirtiendo a una de las ciudades más visitadas y admiradas de Europa en un estercolero en la que los delincuentes campan a sus anchas, Ada Colau se ha impuesto como misión extender el credo de su nueva política, basada en un feminismo tóxico que criminaliza a los que no piensan como ella.
Como un ayuntamiento no da para crear campos de reeducación masculina, como hubiera sido de su gusto, fundó un ‘centro de nuevas masculinidades’ que, por cierto, Jaume Collboni ha mantenido. Nada extraño, ya que Collboni fue teniente de alcalde con Colau y, además, comparte su visión tóxica de la política. Aunque la relación personal entre ellos era horrible, sobre todo porque el PSC nunca aceptó su papel subalterno en el equipo de gobierno encabezado por Colau.
Cataluña se ha convertido en una comunidad sin ley fruto de la acción liberticida del separatismo. Colau fue una de las grandes defensoras, desde el despacho y el coche oficial, de la desobediencia selectiva, que consiste en que los ciudadanos obedecen las leyes que a Colau le interesa – sobre todo a la hora de pagar impuestos y multas – , mientras ella – y luego los dirigentes separatistas – incumplen la legalidad cuando les apetece.
Gracias a la continua violación de las leyes, comenzando por la Constitución, por parte de los golpistas del ‘procés’ y sus aliados, Cataluña se ha convertido en el paraíso de los malhechores. Pero hay que reconocer que, aunque en esta comunidad autónoma los niveles de inseguridad son altos, no llegaron a la degradación de Barcelona durante el mandato de Ada Colau.
Hay okupas en toda Cataluña, pero sin llegar a los niveles de complicidad institucional de la que disfrutaron en la capital catalana. Ada Colau lo hizo tan mal, que unió a casi toda la ciudad para criticar su gestión: partidos constitucionalistas, separatistas conservadores, empresarios de todo tipo y pelaje, conductores, comerciantes, vecinos de todas las ideologías hartos de suciedad e inseguridad… Contra Colau estábamos todos unidos, y casi podíamos decir que «vivíamos mejor». Ahora toca acabar con su herencia, gestionada por Jaume Collboni.
Los Comunes, una formación en decadencia y que aún lo estará más tras el escándalo provocado por Iñigo Errejón, estaban deseando que Colau dejara la política catalana para pactar con los socialistas, tanto en el Ayuntamiento de Barcelona, como en la Generalitat. El PSC le había puesto la cruz a Colau, que fue la persona que consiguió que una formación a su izquierda consiguiera el ‘sorpasso’ en Barcelona.
El PSC recuperó en el 2023 la alcaldía tras doce años de travesía en el desierto y cualquier negociación con los Comunes pasaba por la retirada política de Ada Colau. Se ha ido el obstáculo y en los próximos meses veremos como la sintonía entre ambas formaciones se van normalizando. Los socialistas aceptan que haya una formación a su izquierda para poder pactar con ellos, pero siempre que acaten su rol secundario.
Colau rompió esta tendencia, y de ahí que ni Collboni, ni Illa, hayan querido dar vidilla a los Comunes incorporándolos al gobierno municipal de la capital catalana, o al gobierno autonómico. Los ‘comunes’ que esperan destino saben que la única manera de volver a pisar moqueta era que Colau aceptara una retirada de la política catalana. Y esto es lo que ha pasado, lo vistan como lo vistan.
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