Ciudadanos, no hace mucho, era la referencia del constitucionalismo en Cataluña, fue la formación que consiguió en diciembre de 2017 treinta y seis escaños y 1.100.000 votos en las elecciones autonómicas, y parecía destinada a ser la alternativa a un separatismo enloquecido que estaba inmerso en una huida hacia adelante.
En mayo de 2019 consiguió veintiséis escaños en la Asamblea de Madrid, e Ignacio Aguado disputó la primera plaza del centro-derecha a Isabel Díaz Ayuso. La candidata popular consiguió cuatro escaños más, y pactaron un gobierno casi paritario.
Hace solo tres meses Cs era la primera fuerza en Cataluña, y detentaba medio gobierno autonómico en Madrid. Hoy, 5 de mayo, la formación naranja tiene seis diputados en el Parlament, y ninguno en la Asamblea. La lista de errores es larga, desde la huida continúa de dirigentes desde Barcelona hasta Madrid, los cambios de línea política, la renuncia a pactar con Sánchez para intentar que tuviera que recurrir a Podemos, el haber desarrollado un aparato político que se ha alejado de sus bases, la política de fichajes de aluvión…
No importa el por qué se ha llegado a esta situación. Lo trágico es que una herramienta que fue muy útil para combatir el separatismo ha quedado herida de muerte. Tal vez la única posibilidad que le queda de supervivencia es volver a sus orígenes, ser un partido de defensa del constitucionalismo catalán y recuperar a todos aquellos que fueron apartados porque molestaban a unos dirigentes poco proclives al debate interno. O recuperan la complicidad que tuvieron con buena parte de la Resistencia al independentismo o a Ciudadanos le quedan muy pocas semanas de vida. Ya pueden espabilar, porque en la lucha contra el totalitarismo secesionista no sobra nadie.
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