El Ayuntamiento de Barcelona ha vuelto a encender la polémica con su gestión de las festividades religiosas en el espacio público. Esta semana, el consistorio ha iniciado una intensa campaña para promocionar un iftar comunitario en el distrito de Horta-Guinardó. El evento, que celebra la ruptura del ayuno musulmán, contará con el apoyo directo y la financiación del distrito.
La jornada se desarrollará en plena Rambla del Carmel. El programa incluye desde talleres para familias hasta actuaciones de música tradicional y charlas explicativas sobre el Ramadán. Según el Gobierno municipal, este despliegue responde a una supuesta política de «promoción de la diversidad». Sin embargo, para muchos ciudadanos, esta diversidad parece ser siempre unidireccional.
El consistorio defiende que estas actividades fomentan la cohesión social y el conocimiento mutuo entre vecinos. Lo cierto es que, bajo el paraguas del multiculturalismo, se están institucionalizando ritos que nada tienen que ver con la historia de la ciudad. El apoyo del Distrito de Horta-Guinardó no es solo logístico, sino que supone un respaldo político explícito a una confesión concreta.
Resulta llamativo el contraste entre este entusiasmo por el Ramadán y la frialdad institucional hacia otras tradiciones. Mientras se movilizan recursos para la comunidad musulmana, el inicio de la Cuaresma cristiana ha pasado totalmente desapercibido para la administración de Jaume Collboni. No hay rastro de campañas similares para poner en valor el patrimonio cultural católico de Barcelona.
Esta asimetría no ha tardado en provocar reacciones en el arco parlamentario catalán. Joan Garriga, portavoz de VOX, ha denunciado lo que considera una «ocultación deliberada» de las raíces cristianas de la ciudad. El dirigente ha criticado que el Ayuntamiento dedique esfuerzos a fomentar el avance del Islam mientras ignora los pilares de nuestra civilización.
La queja de la oposición pone el foco en una realidad evidente para el barcelonés medio. Existe una tendencia instalada en la izquierda municipal que consiste en minusvalorar lo propio para ensalzar lo ajeno. Esta actitud, lejos de integrar, genera un sentimiento de agravio en una mayoría social que ve cómo sus tradiciones son desplazadas del espacio público.
El debate no gira en torno a la libertad religiosa, que está garantizada, sino al uso del dinero público. No se entiende que una administración que se define como laica sea tan activa en la promoción de ciertos dogmas. La neutralidad institucional brilla por su ausencia cuando se trata de complacer a determinados colectivos bajo criterios de corrección política.
La historia de Barcelona está profundamente ligada al cristianismo, desde su arquitectura hasta sus festividades populares. Ignorar este legado para dar prioridad a celebraciones externas es un error estratégico y cultural. La cohesión social de la que presume el Ayuntamiento difícilmente se logrará si se ningunea la identidad mayoritaria de la población.
Es legítimo que las entidades sociales organicen sus eventos, pero la tutela institucional debería ser equilibrada. El Ayuntamiento de Barcelona parece haber olvidado que gobernar para todos implica respetar la jerarquía cultural de la sociedad que representa. Promover el Ramadán mientras se ignora la Cuaresma es una declaración de intenciones que no pasa desapercibida.
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