
Una tuitera admiradora de Podemos aseguró en esta red social que «tiene que volver a dar vergüenza ser franquista», lo que ha merecido una brillante respuesta por parte del periodista gerundense Albert Soler: «Lo veo difícil. Usáis tanto la palabra que el franquismo está blanqueado, banalizado y supervitaminado. Por gilipollas».
Hay que destacar la figura de Albert Soler, que se ha consolidado como uno de los grandes cronistas críticos del procés separatista, desde una trinchera poco habitual en Cataluña: la de la razón, el humor y la libertad sin ataduras. Su mirada incómoda y descarnada sobre el nacionalismo catalán ha convertido sus columnas en un referente imprescindible para quienes se resisten al pensamiento único.
Lejos de la corrección política, Soler se atreve a llamar a las cosas por su nombre, a ridiculizar los dogmas identitarios y a recordar que el sentido común sigue siendo una herramienta revolucionaria. Sus artículos y sus libros no son solo testimonios periodísticos, sino documentos que ayudan a entender una época convulsa desde dentro, con ironía pero también con rigor.
Uno de los escenarios más reconocibles en sus crónicas es el legendario Bar Cuéllar, en el barrio gerundense de Vilar-roja, que ha acabado convirtiéndose en símbolo de resistencia al adoctrinamiento y la propaganda institucional. El Cuéllar no es solo un bar: es un lugar de encuentro, de conversación libre, de pensamiento crítico. Allí, entre chocos, cervezas y tertulias, Soler observa, escucha y escribe. Ha convertido a este mítico local en un lugar de presentación de libros constitucionalistas.
Albert Soler ha sido durante años una rara avis en el periodismo catalán, donde muchos optaron por el silencio o la complicidad. Él, en cambio, eligió el camino más difícil: decir lo que piensa, aunque moleste. Esta honestidad intelectual le ha granjeado enemigos, pero también un público fiel que lo reconoce como una de las pocas voces que no ha claudicado ante las presiones del poder autonómico.
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